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S. Francisco y la Orden franciscana en sus relaciones con la Iglesia

Del 22 al 27 de abril de 1979, se celebró en Madrid la VIII Semana Interprovincial de Estudio y Oración, organizada por la Conferencia Franciscana Española de Ministros Provinciales OFM, sobre el tema general «Nuestra inserción religioso-franciscana en la Iglesia local y particular». El texto que a continuación ofrecemos es la conferencia que pronunció el autor en dicha Semana, proponiendo pistas de reflexión y de diálogo a los asistentes.

I. Francisco y la Iglesia

1) La Iglesia, comunidad de salvación

¿Qué entendía Francisco por Iglesia? Emplea el vocablo 22 veces en sus escritos. Y, según O. Schmucki, la Iglesia significa para Francisco: «una comunidad sobrenatural, una comunidad de salvación».

Comunidad viva de fe, esperanza y caridad, como aparece en 1 R 23,11. Comunidad compuesta por «cuantos quieren servir al Señor Dios en el seno de la Iglesia católica y apostólica» (1 R 23,7), indicación de que Francisco supera los límites de la jerarcología.

2) La Iglesia, Madre

Francisco ve en la Iglesia a la Madre que lo ha engendrado con los dones de Dios que a ella se le han confiado. La Iglesia cuenta con la presencia viva y eficaz del Señor, ha recibido el Espíritu Santo, ha recibido la Palabra de Dios, el Cuerpo y la Sangre eucarísticos, el sacerdocio, la institución. Francisco está agradecido a esa Iglesia, recibe sus bienes con alegría, aprende de ella, trata de identificarse con ella.

3) La Iglesia, autoridad jerárquica

Cuando Francisco, hijo de su tiempo, habla de la Iglesia, frecuentemente se está refiriendo a la jerarquía y al clero: el señor Papa, el Cardenal Protector, los Obispos, los clérigos, los sacerdotes.

¿Cuál fue la actitud que Francisco vivió frente a esta variada autoridad jerárquica?

Podemos detenernos a considerar tres hipótesis defendidas por los diferentes autores.

a) Hipótesis de enfrentamiento y de sumisión resignada

Henry Thode, Paul Sabatier y otros la sostienen. Según estos estudiosos, Francisco y sus intuiciones no fueron aceptados por la jerarquía de la Iglesia. Francisco, por largo tiempo, buscó mantenerse libre de las limitaciones que le imponía Roma en su vida evangélica. Pero, poco a poco, cansado de una lucha sin esperanzas, traicionado desde dentro de su fraternidad, en medio de una dolorosa crisis personal, se dejó vencer por la poderosa Curia romana y abandonó su ideal primitivo, no tanto en su vida personal cuanto en lo referente a la organización y reglamentación de su Orden.

De hecho, no nos faltan datos históricos para sospechar que Francisco fue amado y reverenciado, pero no comprendido por hombres de la importancia y proximidad del cardenal Hugolino. Vemos a Francisco, en ocasión de un capítulo general, acosado por los ministros de la fraternidad y por el mismo Cardenal a que asuma alguna de las reglas antiguas. El Fundador no puede acceder a semejante pretensión, pues supondría ceder en su ideal. Su respuesta será: «El mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio».

Vemos también, sin embargo, la auténtica fortuna que supuso para Francisco el coincidir con Inocencio III, el Papa que comprendió el valor de los movimientos pauperísticos y supo acogerlos en la estructura eclesial de su tiempo, y con Honorio III, que llegó a confirmar solemnemente la Regla de los Hermanos Menores tras haber sorteado no pocas ni pequeñas dificultades surgidas en la misma Orden y en la Curia romana.

b) Hipótesis de coincidencia concorde y desarrollo gozoso de Francisco dentro de la Iglesia

Numerosos han sido y son los autores que defienden esta hipótesis. Y sus argumentos son importantes: no hay un solo episodio, ni una sola frase, ni un solo gesto de Francisco que muestren rebelión, desobediencia, crítica a la autoridad jerárquica.

Más aún, puede observarse en Francisco una evolución hacia una, cada vez mayor, postura de sumisión y afecto a la jerarquía, a la que acude en los momentos más difíciles y decisivos. En la primera Regla se advierte: «Ningún hermano predique contra la forma e institución de la santa Iglesia» (1 R 17,1). En la segunda Regla, la predicación se somete más estrechamente a la autoridad de los Obispos: «Los hermanos no prediquen en la diócesis de un Obispo cuando éste se lo haya prohibido» (2 R 9,1). En el Testamento, Francisco quiere que hasta los hermanos más sabios, y lo dice con delicadeza exquisita («…si yo tuviera tanta sabiduría…»), estén sujetos en la predicación a la voluntad de cualquier sacerdote pobrecillo: «Y si tuviese tanta sabiduría como la que tuvo Salomón y me encontrase con algunos pobrecillos sacerdotes de este siglo, en las parroquias en que habitan, no quiero predicar al margen de su voluntad» (Test 7).

Vemos cómo Francisco copia con amor en sus escritos las indicaciones de la Iglesia de su tiempo, por ejemplo, en la Carta a los clérigos.

Yendo más al fondo, se ve que creer, orar, vivir, pensar y sentir con la Iglesia es para él un principio tan evidente como el principio de regirse sólo por el Evangelio. Abundan los hechos y expresiones que lo ponen en evidencia. Enumeremos algunos ejemplos:

— Francisco se coloca bajo la jurisdicción del Obispo de Asís y recurre a su ayuda (1 Cel 14 y 15).

— Francisco acude a Roma para presentar su proyecto de vida evangélica a la aprobación de la curia pontificia (1 Cel 32).

— Francisco coloca al comienzo y al final de su Regla el compromiso de reverencia y fidelidad a la Iglesia romana (2 R 1,2; 12,3-4).

— Francisco establece en su Regla como base imprescindible la catolicidad de los pretendientes y de los hermanos. A los candidatos se les debe examinar sobre la «fe católica y los sacramentos» (2 R 2,2; cf. 1 R 2,12); «todos los hermanos sean católicos, vivan y hablen católicamente. Pero, si alguno se aparta de la fe y vida católica… sea expulsado absolutamente de nuestra fraternidad» (1 R 19,1-2), palabras que resultan tanto más significativas si se tiene en cuenta que pertenecen a la Regla no bulada y las escribe el tan dulce y comprensivo autor de la Carta a un ministro; esta misma actitud firme e «intransigente» de Francisco puede observarse en su Testamento, respecto a los que no cumplen o varían el Oficio y a los que «no son católicos» (Test 31s); ni son menos duras las decisiones que toma Francisco y las actitudes que quiere adoptar ante los hermanos a los que, dice, «no los tengo por católicos ni por hermanos míos» (CtaO 44).

— Los hermanos orarán con el espíritu y letra de la Iglesia romana (2 R 3; Test 31s).

— La predicación de los hermanos será en fidelidad a la Iglesia (1 R 17).

— Es sumamente significativo lo que Francisco dicta en el Testamento de Siena. En aquel momento supremo, en que se siente morir, declara a los hermanos su voluntad en tres palabras, la tercera de las cuales es: «Que vivan siempre fieles y sumisos a los prelados y a todos los clérigos de la santa Madre Iglesia» (TestS 5).

La lista podría continuar con sólo ir ojeando los escritos y las biografías, pero preferimos dejar esta fácil tarea a la iniciativa de cada uno.

c) Hipótesis de obediencia en tensión creadora

Esta hipótesis tiene como punto firme el hecho de que en Francisco no se da rebelión, rechazo, crítica, fuga. Por el contrario, hay una colaboración generosa, un estar gozoso dentro del seno espiritual y de la organización institucional de la Iglesia romana. Francisco no la juzga; menos aún, la condena.

Su obediencia, sin embargo, no es sumisión ciega o pasiva, no es abandono de su responsabilidad personal. Francisco obedece, pero, al mismo tiempo, tiene una fuerte conciencia de haber sido llamado carismáticamente a vivir unos valores evangélicos que aquella Iglesia cristiana ha olvidado un tanto. No critica ni contesta, particularmente en palabras o actitudes espectaculares, pero, emparentado de cerca con los movimientos evangélicos de su tiempo, sabe separarse de los hábitos mentales y de comportamiento de la Iglesia oficial. No entra en conflicto con nadie, pero, por vía de densificación del Evangelio, por vía de opciones personales de fidelidad, crea con su vida y la vida de sus hermanos una tensión silenciosa de carácter estimulante y creador, no desprovista de advertencia y denuncia profética frente a las deficiencias del sistema y de muchos de sus hombres.

Obedece, pero tira fuertemente hacia el Evangelio de forma original y con radicalidad, empeñando en ello sus obras, sus escritos y sus palabras. Al hacer opción por aquello que es central en la Iglesia, el seguimiento de Jesucristo, supera no pocos de los elementos institucionales de esa Iglesia, sin rompimientos, pero con decisión; sin crítica, pero con una intensidad y coherencia personal capaz de sacudir a los instalados y de hacer cuestionar actitudes, costumbres e instituciones que han perdido el alma evangélica o la tienen aprisionada.

Como si descubriese la voluntad de Dios en las disposiciones eclesiales sin duda, pero también fuera de ellas, más allá de ellas, en la relectura del Evangelio. Podemos enumerar algunos ejemplos ya señalados en otros trabajos:

— Los leprosos son marginados, abandonados. Francisco los toma como sus preferidos.

— La Iglesia utiliza la riqueza, el poder, el fasto. Francisco corre hacia la pobreza, lo deja todo, se humilla; él y sus hermanos han de ser en plenitud «hermanos menores».

— La cristiandad quiere recuperar el Sepulcro del Señor por la fuerza y la guerra. Francisco va por el camino del amor, visita al Sultán y enseña a sus hermanos cómo vivir en paz en medio de los musulmanes (1 R 16).

— Los sacerdotes son poco cuidadosos con el Cuerpo eucarístico de Cristo. Él limpia las iglesias, ofrece paños nuevos de altar, insiste una y otra vez en varios de sus escritos sobre la reverencia al Cuerpo del Señor, a sus palabras escritas…

— El señorío feudal concibe las relaciones humanas en forma vertical. Francisco predica la obediencia evangélica de servicio de todos a todos.

— La Iglesia cultiva los honores y está ligada a la mentalidad señorial y feudal. Francisco se declara «menor».

— Los nuevos hombres se debaten en las ambiciones y en las luchas políticas, económicas, sociales. Él predica la paz.

— Los hombres se dividen en clases cerradas por multitud de pretextos de sangre, de dinero… Él reúne en fraternidad a todos los hijos del Padre, sin que cuenten otros títulos.

— El monasterio levanta muros, cuida ser élite. Francisco abre su fraternidad a todos.

— Se inicia en la Iglesia la costumbre de las misas individuales, dichas por el sacerdote a solas, por razones que poco tienen que ver con la naturaleza y sentido del misterio eucarístico, ni con la celebración de la cena del Señor por y para el pueblo fiel. Francisco manda que en sus fraternidades se celebre una sola misa al día y que a ella asistan todos, incluso los sacerdotes.

Francisco obedece a la Iglesia, pero en ella y más allá de la misma, al Señor. Incluso en aquellos puntos en que la Iglesia y sus representantes por razón del ministerio no han mantenido la conciencia despierta.

d) Conclusiones

Consideradas estas hipótesis, parece que pueden darse por seguros los siguientes puntos:

— La vida cristiana y evangélica de Francisco y sus hermanos se vive en obediencia a la jerarquía eclesial. Obediencia fiel, consciente y positiva. No parece sostenible la hipótesis de enfrentamiento o sumisión resignada.

— Tampoco parece que se pueda eliminar el problema histórico con la visión de una coincidencia plena, gozosa y fácil. Más bien, Francisco consiguió un equilibrio y síntesis entre datos y factores y personas, combinando obediencia y originalidad, colaboración y promoción creadora; equilibrio genial que, en coincidencia feliz con otros genios equilibradores, Inocencio III y Honorio III, hizo del franciscanismo el movimiento pauperístico y evangélico permanente en el seno de la Iglesia:

— Francisco conoce la debilidad moral y los defectos de muchos hombres de la jerarquía. Sin embargo, no la critica ni la juzga, sino que la ama, la reverencia, se somete a ella.

— Francisco es fiel a Jesucristo con propia y personal radicalidad y entrega, con libertad para separarse de formas habituales de pensamiento y de comportamiento, a fin de recorrer el camino de su personal fidelidad.

4) Francisco al servicio de la Iglesia

Engendrado en y por la Iglesia, Francisco la amó y le ofreció su servicio, múltiple de formas, primoroso, delicado y original.

¿Cómo enumerar sus aportaciones positivas? Oró en nombre y a favor de esa Iglesia; la Palabra de Dios recibida la proclamó; exhortó a la Iglesia; sirvió al necesitado; hizo posible en su persona y en su movimiento la conciliación, corresponsabilidad y coherencia entre carisma e institución ministerial; devolvió al pueblo la confianza en sus pastores, a los que invitó a la conversión evangélica con su ejemplo; dio a las legítimas aspiraciones e inquietudes del pueblo cristiano, turbado por los enfrentamientos entre las corrientes renovadoras y la jerarquía, cauces a la vez nuevos y eclesiales para su realización concreta y auténtica; ofreció pistas de futuro al mundo y a la Iglesia que estaban comprometidos entre los peligros y tentaciones del feudalismo decadente y de la burguesía naciente; hizo oír su voz de profeta bíblico, sin aumentar los enfrentamientos paralizantes, ni irritar los ánimos ya exaltados, sin que por ello fuera menos explosiva la carga de denuncias que contenía su vida y la de sus hermanos; le devolvió a la Iglesia su rostro más evangélico y más humano, acercándola al pueblo; creó por doquier ambiente, clima y atmósfera de paz fecunda, de amistad y fraternidad, de comprensión y de perdón, de colaboración y corresponsabilidad, etc.

Pero, más allá de esos servicios, ¿por qué Francisco está en primera fila entre los grandes servidores de la Iglesia? Francisco recibió el don y la llamada al seguimiento de Jesús. Su opción primera es el seguimiento. Se prestó a la acción del Señor en orden a hacer presente en la Iglesia la forma de vida que Jesús tomó para sí cuando vivió en este mundo e indicó a los discípulos que le seguían. Vivió el Evangelio absolutamente en serio.

Y así su vida se convirtió en un público testimonio de la primacía de Dios, de la gloria del Señor Jesús, de la fuerza del Espíritu. Realizó el programa de su forma de vida, y así, dentro de la Iglesia-Sacramento, fue signo del amor de Dios y de su salvación al hombre.

Y este seguimiento, vivido en su rica humanidad, se convirtió en fecundidad y vida para la Iglesia. Jesús, ofrecido en amor, humilde y menor, pobre y virgen, fue revivido. Y ello, primera misión de toda vida religiosa en medio de la Iglesia, porque fue vida y porque fue vida manifestada, significó un pequeño camino de esperanza en la gran esperanza de Cristo.

La opción de Francisco fue preferir el vivir según «la forma del santo Evangelio» a cualquier otra alternativa, tanto en el orden de la vida como en el orden de la acción.

Lo ha expresado K. Esser con toda claridad: «No fue lo primero para él la actividad, el servicio, por ejemplo, de la Iglesia… Buscó la vida, una vida según la forma del santo Evangelio».

Con él, la Orden nació para vivir el Evangelio. Y en el Evangelio, que es misión, ser misionera. Así lo ha observado K. Esser: «Cabe repetirlo: para la Orden no se trata tanto de «actuar» como de vivir más bien su forma de vida. Su misión no consiste en realizar un definido programa de acción, sino en presentar al mundo un cierto y peculiar modo de ser cristiano… Y este carácter propio debe manifestarse concretamente en todas las actividades exteriores de los Hermanos».

En primer lugar, pues, la vida, porque Jesús es vida que hay que vivir. Y en Él vivir el amor a Dios, a los hombres y al mundo. Y de nuevo en primer lugar, la vida, como eficacia persuasiva, como exhortación mejor.

II. La Orden franciscana en sus relaciones con la Iglesia

1) El puesto de las Órdenes religiosas en la Iglesia según el documento «Mutuae relationes»

Este documento pontificio aporta luces nuevas en algunos puntos. Entre ellos, la exquisita valoración del carisma particular de cada Orden en el conjunto de la vida religiosa. Sus expresiones suponen una evolución larga, de documento en documento, en los últimos tiempos, y vienen a ser como coronación de este desarrollo.

Sobresale, en este sentido, el número 11:

«Los Institutos religiosos en la Iglesia son muchos y diversos, cada uno con su propia índole, pero todos aportan su propia vocación, cual don hecho por el Espíritu, por medio de hombres y de mujeres insignes, y aprobado auténticamente por la sagrada jerarquía.

»El carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu, transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne. Por eso, la Iglesia defiende y sostiene la índole propia de los diversos Institutos religiosos. La índole propia lleva consigo, además, un estilo particular de santificación y apostolado, que va creando una tradición típica, cuyos elementos objetivos pueden ser fácilmente individuados. Es necesario, por lo mismo, que en las actuales circunstancias de evolución cultural y de renovación eclesial, la identidad de cada Instituto sea asegurada de tal manera que pueda evitarse el peligro de la imprecisión con que los religiosos, sin tener suficientemente en cuenta el modo de actuar propio de su índole, se insertan en la vida de la Iglesia de manera vaga y ambigua».

El núm. 14 del mismo documento subraya algunos de estos aspectos. El concepto teológico base es el de la Iglesia-Sacramento que, en su conjunto de personas y vida, hace presente y comprensible a Cristo. Y se afirma que la vida religiosa, dentro de la Iglesia, tiene por objetivo principal el testimoniar visiblemente la forma de vida de Jesús y, a través de ella, el misterio insondable de Cristo.

Ahora bien, el testimonio de este misterio requiere vidas de diversa índole, carismas propios y diferenciados. De forma que cada familia religiosa aporte el segmento testimonial que se le ha confiado a través del carisma fundacional. «Todos los Institutos religiosos han nacido a causa de la Iglesia y para ella; obligación de los mismos es enriquecerla con sus propias características, en conformidad con su espíritu peculiar y su misión específica» («Mutuae relationes», n. 14b). «Los superiores de los religiosos tienen la obligación grave, que han de considerar de primera importancia, de fomentar por todos los medios a su alcance la fidelidad de los religiosos al carisma del Fundador» (Ibid., n. 14c).

A partir de la finalidad sacramental de todo el pueblo de Dios y de la vida religiosa en concreto, el documento señala el servicio primero que la Iglesia espera de los grupos religiosos: vivir hoy su carisma fundacional en el que se expresa, por don y llamada del Espíritu, un aspecto importante del misterio de Cristo.

Si eso es así, los franciscanos no podemos, como tampoco ningún otro grupo eclesial, eludir el doloroso problema, a veces casi odioso, de preguntarnos cuál es nuestra propia índole, nuestra vocación, nuestro carisma, nuestro estilo particular de santificación y apostolado, nuestra identidad. Pues debemos evitar la imprecisión de insertarnos en la vida de la Iglesia de manera vaga y ambigua. Es el documento, y con él la Iglesia, el que nos interpela.

2) ¿Tiene la familia franciscana una misión de re-presentación del misterio de Jesús hoy? ¿Cuál es su vocación propia y específica?

La Orden, para responder a esta pregunta, mira a su propia historia y, sobre todo, a la experiencia original que la hizo nacer en la Iglesia por misericordia del Señor. Pero, al hacerlo, entra a vivir una vez más esa tensión endémica que acompaña a la Orden a lo largo de los siglos y que también hoy es real.

Recordamos los datos históricos fundamentales.

Francisco puso, por encima de cualquier otro servicio a la Iglesia y al hombre, el imitar y seguir a Cristo pobre, humilde, servidor, menor, hermano, orante. Esta vida, al concretizarse en tarea, podía dar pie al trabajo manual, al servicio de los enfermos y de los leprosos, a la vida de contemplación, a la predicación, a la misión entre infieles, tal como se indica en la primera Regla. Pero nunca la tarea tenía que poner en peligro la forma de vida: «ni por razón de predicación, ni por persecución de sus cuerpos…» (Test 25); «no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, a cuyo servicio deben estar las demás cosas temporales» (2 R 5,2). Esta subordinación de la tarea a la forma de vida se hace explícita en labios de Francisco en numerosas ocasiones.

Sin embargo, muchos e importantes factores van a intervenir en la primera generación franciscana para desnivelar este equilibrio: la petición de los papas, las necesidades concretas de la Iglesia, la avalancha de clérigos, la pedagogía misma espiritual de los hermanos, la organización de la eficacia y utilidad del trabajo… Al final de esta evolución, ¿no se habrá convertido el movimiento franciscano en uno más, de inapreciable valor sin duda, y con rasgos de indudable vigor y originalidad, en uno más de los que proporcionan a la Iglesia servicios clericales?

Con ello la tensión ha quedado establecida para siempre dentro de la Orden entre la forma de vida del Evangelio, pobre y humilde, y el hacer eficaz con sus consecuencias sobre la forma de vida.

Leyendo el Testamento de Francisco vemos que su movimiento quiso ser un movimiento de hombres quizá poco «eficaces» en la tarea, pero deseosos de ofrecer a la Iglesia el signo de Jesús pobre, sencillo, entregado a los hombres, adorador del Padre; poco instruidos quizá, pero en paz y libres para marchar a otra parte sin necesidad de defenderse a sí y a sus cosas, y vivir en virginidad, pobreza, obediencia, fraternidad y libertad respecto a las cosas de este mundo.

Ese movimiento, tras unas décadas de evolución, se había convertido en un cuerpo numeroso, importante, preparado, eficaz en la tarea. Pero la forma de vida había cedido ante los requerimientos de la eficacia: defensas, privilegios, edificios, poder, influencia, litigios con los clérigos, posesiones, iglesias suntuosas y bellísimas, cultura…

Tensión en la vida de la Orden, que ha sido su debilidad y su fuerza, su cruz y también la fuente de mil figuras señeras de fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Tensión entre dos formas de comprender, de sentir y de vivir, ambas muy buenas, ambas fruto de la fe, la esperanza y el amor. El Señor se ha servido de ambas formas para santificar a los hermanos y fecundar su trabajo.

En el fondo, las formas de vida, siendo elementos muy importantes, no son los esenciales en la vida del cristiano. La existencia cristiana se debate en la vida teologal y en el amor a los hermanos, la vida de Jesús que como vía de expresión no tiene otra que la donación del Espíritu y la obediencia al Padre.

Y, sin embargo, si queremos responder a la interpelación de la Iglesia y del mundo, nos es preciso hallar nuestra identidad, la que se nos concedió como don y se nos asignó como misión en la vocación carismática religiosa.

Tanto más si hoy existen hermanos que creen obedecer a Dios y a su vocación, que creen hallar su presencia en la Iglesia bajo formas nuevas o renovadas, diferentes de las que podríamos llamar «tradicionales». Tanto más si hoy existen hermanos que no hallan el soporte de su identidad como vocación, consuelo y fuerza, ni tampoco los lazos que los unen en común misión con unos hermanos.

El documento «Mutuae relationes» coloca como primer criterio de iluminación la vida y el don recibidos por el Fundador.

Javier Unanue, O.F.M., San Francisco y la Orden franciscana en sus relaciones con la Iglesia, en Selecciones de Franciscanismo, vol. IX, n. 25-26 (1980) 173-182.