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Obediencia y libertad en la Iglesia según San Francisco

Una de las paradojas de san Francisco, y no de las menores, consiste en haber sabido compaginar una asombrosa libertad personal con una auténtica obediencia a la Iglesia católica y romana. Su agudo sentido del misterio de la Encarnación y el realismo sacramental de su fe lo liberaron de las desviaciones ideológicas y sectarias de su época. Para los cristianos de ayer y de hoy, siempre tentados de reducir la dimensión profética de su fe en provecho de una sumisión ciega a las estructuras, o de rechazar la institución eclesiástica en nombre de una mayor fidelidad al Evangelio, Francisco aparece como un luminoso ejemplo de equilibrio.

Un hombre evangélico que se considera hijo de la Iglesia

Como reconoce el mismo Pablo Sabatier, una de las características originales de san Francisco fue ciertamente su catolicismo, entendido aquí en el sentido particular de fidelidad a la santa Iglesia romana, de la que siempre se consideró hijo. Así lo atestiguan su vida entera y sus Escritos, sobre todo la Regla definitiva de los hermanos, que empieza y concluye con una solemne y pública profesión de obediencia a la Iglesia de Roma y al sucesor de Pedro, manifestando con claridad insuperable que la vida evangélica de Francisco y sus hermanos quiere resueltamente situarse y permanecer dentro de la Iglesia.

«El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia romana» (2 R 1,2).

«Impongo por obediencia a los ministros que pidan al señor papa un cardenal de la santa Iglesia romana que sea gobernador, protector y corrector de esta fraternidad; para que, siempre sumisos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, firmes en la fe católica, guardemos la pobreza y la humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo que firmemente prometimos» (2 R 12,3-5).

Si tenemos en cuenta que Francisco recomendaba usar el argumento «por obediencia» sólo excepcionalmente, comprenderemos cuánta importancia concedía a este pasaje de la Regla. ¡Adviértase, además, que la finalidad de esta sumisión y sujeción libre y voluntaria consiste en la firmeza de la fe para poder guardar el santo Evangelio!

Por consiguiente, en Francisco no hay oposición alguna entre seguimiento de Cristo, fidelidad al Evangelio y obediencia a la Iglesia, sino todo lo contrario. Y esta fe obediente, firme y lúcida es muy probablemente fruto de la experiencia adquirida en su propio movimiento evangélico y viendo el espectáculo de numerosos grupos evangélicos que por entonces se hundieron en herejías sectarias.

Esta voluntad de sumisión a la Iglesia aflora en muchos otros pasajes de la misma Regla. Los ministros provinciales deben examinar diligentemente «sobre la fe católica y los sacramentos de la Iglesia» a quienes quieran vivir la vida de los hermanos menores (2 R 2,2). Los hermanos que son clérigos deben rezar el oficio divino «según la ordenación de la santa Iglesia romana» (2 R 3,1). Los predicadores «no prediquen en la diócesis de un obispo cuando éste se lo haya prohibido» (2 R 9,1).

Siempre podrá argumentarse, es cierto, que esta Regla fue revisada y corregida por juristas. Pero no es menos cierto que Francisco no la hubiera aceptado de manera definitiva si algunos de sus pasajes se hubieran opuesto a sus propias convicciones.

Su obediencia brota de un agudo sentido del misterio de la Encarnación

Por lo demás, la simple lectura del Testamento convence al lector de que este escrito de Francisco, cuya autenticidad histórica y personal nadie pone en tela de juicio, ratifica plenamente esta obediencia a la Iglesia. Puede afirmarse, incluso, que las diferentes crisis que marcaron la evolución de la Fraternidad más bien endurecieron la postura de Francisco en este ámbito.

El Testamento es, curiosamente, una llamada patética, casi angustiada a permanecer fieles a las intuiciones evangélicas de los orígenes y, a la vez, una llamada a permanecer fieles a la Iglesia y a sus representantes.

«El Señor me dio, y me sigue dando, una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia romana, por su ordenación, que, si me viese perseguido, quiero recurrir a ellos. Y si tuviese tanta sabiduría como la que tuvo Salomón y me encontrase con algunos pobrecillos sacerdotes de este siglo, en las parroquias en que habitan no quiero predicar al margen de su voluntad. Y a estos sacerdotes y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a señores míos. Y no quiero advertir pecado en ellos, porque miro en ellos al Hijo de Dios y son mis señores» (Test 6-9).

¿Fue acaso Francisco víctima de una sacralización abusiva del sacerdocio? A continuación explicita el porqué de esta sumisión:

«Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a otros» (Test 10).

Creo que Francisco nos proporciona aquí la clave fundamental de su obediencia a la santa Iglesia, que se sitúa en la misma lógica del misterio de la Encarnación de Cristo, quien quiso manifestar su divinidad en la humildad y la pobreza de los signos humanos. Podemos, pues, legítimamente aplicar al conjunto de la Iglesia lo que Francisco dice de los «pobrecillos sacerdotes pecadores de este siglo».

Que Francisco sufriera por los fallos y defectos de la Iglesia, no admite ninguna duda; pero él debía de repetirse: «No quiero advertir pecado en ella, porque miro en ella al Hijo de Dios y es mi madre». Más allá del pecado que empaña con frecuencia el rostro de la Iglesia, quiere mirar en ella, en la fe, al sacramento de la presencia de Cristo que sigue dando hoy la Vida.

Escribe también en una de sus Admoniciones:

«Dichoso el siervo que mantiene la fe en los clérigos que viven verdaderamente según la forma de la Iglesia romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian!, pues, aun cuando sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque el Señor mismo se reserva para sí solo el juicio sobre ellos» (Adm 26,1-2).

Por otra parte, este respeto no le impide en modo alguno llamarles vigorosamente la atención sobre sus obligaciones de ministros y pastores, como puede verse en su famosa Carta a los clérigos.

Una fe sacramental que libera de las desviaciones ideológicas

El realismo eclesial de Francisco se basa, pues, sobre un penetrante sentido de la Encarnación. Su fe sacramental lo liberó de las desviaciones ideológicas de la mayoría de los movimientos evangélicos de su época. Nunca soñó con una «Iglesia de los perfectos» o reservada a un grupito de gente «selecta e iniciada».

Y, a lo que parece, este realismo lo comunicó eficazmente a sus primeros hermanos, pues escribe Celano refiriéndose a éstos:

«Confesaban con frecuencia sus pecados a un sacerdote secular de muy mala fama, y bien ganada, y digno del desprecio de todos por la enormidad de sus culpas; habiendo llegado a conocer su maldad por el testimonio de muchos, no quisieron dar crédito a lo que oían, ni dejar por ello de confesarle sus pecados como solían, ni de prestarle la debida reverencia» (1 Cel 46b).

Francisco afirma en su Testamento haberlo redactado «para que más católicamente guardemos la Regla que al Señor prometimos» (Test 34). Más insistente todavía es en la Primera Regla:

«Todos los hermanos sean católicos, vivan y hablen católicamente. Pero si alguno se aparta de la fe y vida católica en dichos o en obras y no se enmienda, sea expulsado absolutamente de nuestra fraternidad» (1 R 19,1-2).

Francisco jamás recluye la «inspiración del Señor» en normas estereotipadas; pero tampoco duda en escribir a los clérigos, con quienes se solidariza por su condición de diácono:

«Y sabemos que todas estas cosas (relativas al respeto al santísimo Cuerpo de Cristo eucarístico) debemos guardarlas por encima de todo, según los mandamientos del Señor y las prescripciones de la santa madre Iglesia. Y el que no haga esto, sepa que tendrá que dar cuenta en el día del juicio, ante nuestro Señor Jesucristo» (CtaCle 13-14).

Puede resultar chocante que Francisco coloque en el mismo plano los mandamientos del Señor y las prescripciones de la Iglesia, pero ¡a él no parece plantearle ningún problema! Aplica a la Iglesia su visión evangélica de la autoridad, entendida como un «servicio». La autoridad de la Iglesia no es un poder dispuesto a forzar las conciencias, sino un carisma recibido del Señor para servir a la unidad y al crecimiento del Pueblo de Dios y de cada uno de los creyentes.

Su humildad lo encauza hacia la protección maternal de la Iglesia

Recordemos, al respecto, la curiosa y significativa parábola de la gallina pequeña y negra:

«El bienaventurado Francisco tuvo una visión que pudo haberle inducido a pedir un cardenal protector y a recomendar la Orden a la Iglesia romana. Había visto, en efecto, una gallina pequeña y negra con plumas en las piernas y con los pies a modo de paloma doméstica, que tenía tal número de polluelos, que no podía cobijarlos bajo sus alas; giraban en torno a ella y siempre quedaban fuera.

»Cuando se despertó empezó a pensar sobre el significado de la visión e, iluminado súbitamente por el Espíritu Santo, reconoció que era él el representado figurativamente en aquella gallina. Y se dijo: «Yo soy esa gallina: pequeño de estatura y moreno; debo ser sencillo como la paloma y remontar el vuelo hasta el cielo por medio de los afectos, que son las plumas de las virtudes. Pero el Señor, por su gran misericordia, me ha dado y me dará muchos hijos, a quienes por mis solas fuerzas no podré proteger. Así, pues, es necesario que yo se los recomiende a la santa Iglesia para que los proteja bajo sus alas y los gobierne»» (TC 63; cf. TC 64-67).

Aunque este rasgo sea una interpretación posterior, surgida para responder a los problemas planteados por el gran crecimiento de la familia franciscana, no por ello deja de revelar una actitud interesante de la tradición franciscana. Recordemos, en particular, la interpretación de Celano:

«»Iré, pues -decía Francisco-, y los encomendaré a la santa Iglesia romana, para que con su poderoso cetro abata a los que les quieren mal y para que los hijos de Dios tengan en todas partes libertad plena para adelantar en el camino de la salvación eterna. Desde esa hora, los hijos experimentarán las dulces atenciones de la madre y se adherirán por siempre con especial devoción a sus huellas venerandas. Bajo su protección no se alterará la paz en la Orden ni hijo alguno de Belial pasará impune por la viña del Señor. Ella que es santa emulará la gloria de nuestra pobreza y no consentirá que nieblas de soberbia desluzcan los honores de la humildad. Conservará en nosotros inviolables los lazos de la caridad y de la paz imponiendo severísimas penas a los disidentes. La santa observancia de la pureza evangélica florecerá sin cesar en presencia de ella y no consentirá que ni por un instante se desvirtúe el aroma de la vida».

»Esto es lo que el santo de Dios únicamente buscó al decidir encomendarse a la Iglesia; aquí se advierte la previsión del varón de Dios, que se percata de la necesidad de esta institución para tiempos futuros» (2 Cel 24).

Más allá del tono deliberadamente redundante y moralizante de Celano, advirtamos al menos que, para la tradición franciscana, seguir las huellas de Cristo y seguir las huellas venerandas de la Iglesia parecen ser algo inseparable.

El biógrafo subraya, además, que aquí hay algo más que una simple sumisión a la jerarquía eclesiástica; hay un misterioso intercambio, una influencia recíproca entre la vida de la Iglesia y la vida de los hermanos. Si la Iglesia aparece como una garantía para la pureza evangélica, la paz y la unidad de los hermanos, éstos, a su vez, serán dentro de la Iglesia como un recuerdo vivo y permanente de la grandeza de la santa pobreza. La Iglesia los liberará del vagabundeo ideológico y los hermanos librarán a la Iglesia de la tentación de dejarse dominar por la preocupación de las cosas temporales.

La obediencia humilde al servicio de la irradiación de la Buena Noticia

Como hemos indicado antes, Francisco insiste con frecuencia -¡hay motivos para pensar que no faltaron contenciosos entre los hermanos y el clero local!- en la colaboración pacifica, discreta, humilde y alejada de toda competencia envidiosa. Decía:

«Hemos sido enviados en ayuda a los clérigos para la salvación de las almas, con el fin de suplir con nosotros lo que se echa de menos en ellos… Encubrid sus caídas, suplid sus muchas deficiencias; y, cuando hiciereis estas cosas, sed más humildes» (2 Cel 146).

Como hemos visto, se trataba de mucho más que de una simple suplencia; se trataba de una aportación original y necesaria para la salud espiritual de la Iglesia.

Una obediencia en la que resplandece una auténtica libertad interior

Pero los textos que subrayan la asombrosa obediencia de Francisco no pueden hacernos olvidar la maravillosa libertad que él manifestó a lo largo de toda su vida, en particular respecto a todo cuanto se relacionaba con su carisma o su misión personal. En el Testamento, que ya hemos citado al principio, escribe que no esperó a que la Iglesia le indicara lo que debía hacer: «Nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio» (Test 14). Aquí resplandece la asombrosa libertad interior de Francisco, que no se deja encerrar en costumbres o estructuras eclesiásticas, sino que acoge plenamente las inspiraciones del Espíritu. «Y yo lo hice escribir en pocas palabras y sencillamente y el señor papa me lo confirmó» (Test 15). En aquella ocasión, Francisco y sus hermanos aceptaron la «tonsura», que significaba su vinculación oficial con la jerarquía eclesiástica (cf. TC 46.49.52.57).

Francisco no se para a describir aquella primera acogida, más bien tibia, de la curia romana, pues lo que le importa es el haber podido vivir lo que el Espíritu le inspiraba, sin romper la comunión con la santa Iglesia. Por lo demás, había acudido al papa a pedirle, no permiso para vivir según el santo Evangelio, sino una autentificación de la llamada del Señor.

Según los biógrafos, esta confirmación por parte de la autoridad eclesial tuvo el efecto de enraizar y galvanizar su ardor apostólico. «Así, pues, apoyado Francisco en la gracia divina y en la autoridad pontificia, emprendió con gran confianza el viaje de retorno hacia el valle de Espoleto, dispuesto ya a predicar y enseñar el Evangelio de Cristo» (LM 4,1). «En todo actuaba con gran seguridad por la autoridad apostólica que había recibido» (1 Cel 36; cf. TC 54). Francisco tiene bastante fe para arriesgarse a salir de los caminos trillados y suficiente humildad para no absolutizar sus propias intuiciones, ni siquiera las mejores, y saber que debe comprobarlas, confrontarlas con la tradición eclesial y hacérselas refrendar por el garante de la ortodoxia de la fe. Como escribió Bernanos: «La Iglesia no necesita de reformadores, sino de santos».

Una obediencia inteligente y creativa

Así, la obediencia en la fe no convirtió nunca a Francisco en una muelle alfombrilla que se pisa con comodidad. ¡Numerosos pasajes de sus biografías lo describen con una franqueza y una libertad de pensamiento que desearíamos para muchos cristianos del siglo XX! Tiene una viva conciencia de la originalidad de su vocación y de la de sus hermanos, y alejará enérgicamente cualquier tentativa, más o menos sutil, de recuperación, desviación o «estandarización». Rechazará tanto las formas tradicionales de la vida religiosa de su época como el ingreso de sus hermanos en la jerarquía eclesiástica, que él juzga incompatibles con su nueva «forma de vida de menores» llamados a predicar el Evangelio primero con el ejemplo de una vida compartida con los más pequeños. ¡Esta libertad le costó, con frecuencia, muy cara! Burlas de la gente, desconfianza de la jerarquía…

«Lo que incitaba a los parientes y consanguíneos a perseguirles y a otros a burlarse de ellos era que entonces no había quien, abandonando lo suyo, se pusiese a pedir limosna de puerta en puerta… Los que los veían se admiraban y exclamaban: «Jamás hemos visto religiosos así vestidos». Al ser distintos de todos los demás en el hábito y en la vida, les parecían salvajes» (AP 17c y 19b).

El dulce Francisco no es en modo alguno un bendito infeliz que no sabe decir «no». Es incluso capaz de organizar un escándalo si está en peligro algo que considera importante, aunque ponga en grave peligro sus relaciones con los sumos dignatarios de la Iglesia, cuyo apoyo ha solicitado en cambio expresamente.

Ilustremos este rasgo de carácter con el famoso episodio -aunque nos haya llegado relatado por el hermano León, que tiene siempre la tendencia a ser un tanto nostálgico de los «buenos tiempos pasados»- del Capítulo de las esteras, en cuyo transcurso había surgido un serio conflicto entre Francisco y algunos ministros.

«Asistían cinco mil hermanos, muchos de ellos hombres sabios y muy doctos; rogaron al señor cardenal, el futuro papa Gregorio, que estaba presente en el capítulo, que persuadiese al bienaventurado Francisco a seguir los consejos de los hermanos sabios y a dejarse dirigir por ellos. Invocaban las Reglas de san Benito, de san Agustín, de san Bernardo, que determinan detalladamente las normas de vida.

»El bienaventurado Francisco escuchó la advertencia del cardenal sobre este asunto; tomándole de la mano, le condujo a la asamblea del capítulo y habló a los hermanos en estos términos: «Hermanos míos, hermanos míos, Dios me llamó a caminar por la vía de la simplicidad. No quiero que me mencionéis regla alguna, ni la de san Agustín, ni la de san Bernardo, ni la de san Benito. El Señor me dijo que quería hacer de mí un nuevo loco en el mundo, y el Señor no quiso llevarnos por otra sabiduría que ésta…»

»El cardenal, estupefacto, nada replicó, y todos los hermanos quedaron asustados» (LP 18).

Aun cuando Francisco tuvo que aceptar que se introdujeran algunos ajustes a su ideal primitivo, habida cuenta del aumento del número de hermanos; aunque tuvo que aceptar en vida que la curia romana le modificara a veces su orientación inicial, nunca aceptará entibiar el fuego que le consumía ni dejarse «amansar» hasta el punto de perder su libertad de pensar o de vivir.

Francisco manifiesta esta libertad fogosa hasta en el lecho de muerte:

«Y poco después -en un momento en que se le agravó en extremo la enfermedad-, movido por la fuerza del espíritu, se incorporó en el lecho y dijo: «¿Quiénes son esos que me han arrebatado de las manos la Religión mía y de los hermanos? Si voy al capítulo general, ya les haré ver cuál es mi voluntad»» (2 Cel 188).

¡Lo menos que puede decirse es que Francisco, por muy «obediente» que fuera, jamás renunció a su libertad de palabra y de decisión!

Saber conciliar la humildad, la mansedumbre y la tenacidad

Como muestra el siguiente hecho, Francisco tiene el arte de compaginar la humildad auténtica, no fingida, con una suave obstinación:

«Cierta vez que san Francisco llegó a Imola, ciudad de la Romagna, se presentó al obispo del lugar para pedirle licencia de predicar. «Hermano -le replicó el obispo-, basta que predique yo a mi pueblo». San Francisco -la cabeza baja- sale humildemente. Al poco rato vuelve a entrar. Le pregunta el obispo: «¿Qué quieres, hermano? ¿Qué buscas otra vez aquí?» Y el bienaventurado Francisco: «Señor, si un padre hace salir al hijo por una puerta, el hijo tiene que volver a él entrando por otra». El obispo, vencido por la humildad, lo abraza con cara alegre y le dice: «Predicad desde ahora, tú y tus hermanos, en mi obispado, pues tenéis mi licencia general; y conste que esto lo ha merecido tu santa humildad»» (2 Cel 147).

También en el Testamento descubrimos cómo, manteniéndose perfectamente obediente a la Iglesia, defenderá Francisco, y con energía, lo que considera su carisma y la misión especifica de su fraternidad. También aquí el tono es ardiente, cortante incluso, y solemne:

«Mando firmemente por obediencia a todos los hermanos que, estén donde estén, no se atrevan a pedir en la curia romana, ni por sí ni por intermediarios, ningún documento en favor de una iglesia o de otro lugar, ni so pretexto de predicación, ni por persecución de sus cuerpos; sino que, si en algún lugar no son recibidos, márchense a otra tierra a hacer penitencia con la bendición de Dios» (Test 25-26).

Este vehemente texto es una extraordinaria declaración de independencia y libertad frente a las costumbres y estructuras eclesiásticas. Sin gran éxito, al parecer, pues se cuentan no menos de dieciséis bulas concedidas en vida de Francisco confiriendo privilegios, tutelas y mandatos a los hermanos menores.

Con todo, Francisco estaba convencido de que sus hermanos se ganarían la confianza del pueblo, de los obispos y sacerdotes con la simplicidad y la humildad, mucho más que con privilegios. Así lo atestigua un hermoso pasaje de la Leyenda de Perusa:

«Ciertos hermanos dijeron al bienaventurado Francisco: «Padre, ¿no ves que los obispos no nos permiten a veces predicar, y nos obligan así a estar largos días ociosos antes de poder dirigirnos al pueblo? Sería conveniente que consiguieras del señor papa un privilegio en favor de los hermanos, mirando así por la salvación de las almas».

»Les respondió, reprendiéndoles fuertemente: «Vosotros, hermanos menores, no conocéis la voluntad de Dios y no me permitís convertir al mundo entero, como Dios quiere. Mi deseo es que primeramente convirtamos a los prelados con nuestra humildad y nuestra reverencia para con ellos. Cuando vean la vida santa que llevamos y el respeto que les profesamos, ellos mismos os pedirán que prediquéis y convirtáis al pueblo, y lo congregarán para que os oiga, mucho mejor que los privilegios que pedís, y que os llevarían al orgullo. Si sois ajenos a toda avaricia e inculcáis al pueblo que entreguen a las iglesias sus derechos, los obispos os rogarán que oigáis las confesiones de su pueblo, aunque de esto no debéis preocuparos, pues, si los pecadores se convierten, ya encontrarán confesores. Para mí, el privilegio que pido al Señor es el no recibir privilegio alguno de los hombres, sino mostrar reverencia a todos y convertirlos, mediante el cumplimiento de la santa Regla, más con el ejemplo que con las palabras»» (LP 20).

Esta declaración expresa uno de los secretos de la libertad de Francisco, quien tenía por costumbre «visitar a los obispos o sacerdotes al entrar en una ciudad o territorio» (1 Cel 75). Él no puede pretender la conversión de su auditorio al Evangelio de Jesucristo si antes no está liberado de cualquier posesión, de todo privilegio, y se mantiene, a la vez, en perfecta comunión con la iglesia local.

Actitud que lo distingue con toda claridad de los numerosos predicadores ambulantes de su época que recorrían Italia y el sur de Francia. Su desapropiación radical lo convirtió en un hombre totalmente libre que sabe que no es propietario de nada, y mucho menos de la Palabra de Dios, confiada por Cristo a su Iglesia.

«Ningún hermano predique contra la forma e institución de la santa Iglesia y a no ser que se lo haya concedido su ministro» (1 R 17,1). Francisco reivindica «un espacio de libertad» en la Iglesia, pero ni él ni sus hermanos se manifestarán nunca como algunos renovadores de su época que miraban con desdén y conmiseración las parroquias que atendían como podían pobres sacerdotes superados por los acontecimientos o marginados de la sociedad por sus debilidades.

Citemos, para concluir, su Última voluntad a Clara, un texto que me parece perfectamente típico de su asombrosa libertad interior a la hora de salvaguardar lo que juzga que no se puede poner en tela de juicio: su vocación, o la de sus hermanos y hermanas:

«Os ruego, mis señoras, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza. Y estad muy alerta para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de quien sea» (UltVol 2-3).

Por último, para dirimir el siempre actual debate sobre cómo compaginar en la práctica la libertad de conciencia de las personas con la obediencia a la Iglesia, Francisco emplea un solo criterio de discernimiento, relativamente sencillo: procurar siempre «seguir la voluntad del Señor y agradarle» (1 R 22,9) y obedecer a la Iglesia mientras no nos mande algo «en contra del alma y de nuestra Regla» (2 R 10,3).

Su forma evangélica de concebir la libertad y la obediencia hace de él, como escribe Pablo Sabatier, «un hijo de la Iglesia, más y mejor que nadie de su tiempo, pues en lugar de no ver en la fe, como tantos otros, más que la obediencia disciplinar a los mandatos de la jerarquía, más que una sumisión física en la que no participan la voluntad, la inteligencia y el corazón, él vivificó su sumisión, la fortificó, la exaltó con un amor incomparable».

Francisco manifiesta que es posible ese raro equilibrio de la fe, capaz de compaginar la inspiración imprevisible del Espíritu, la libertad de conciencia de todo hombre y la obediencia a la Iglesia, guardiana de la tradición. Y la irradiación de su vida entera es una demostración de que esta actitud es apostólicamente fecunda (cf. 1 Cel 89).

Francisco logró, pues, vivir una obediencia total a la santa Iglesia romana, sin por ello renunciar nunca a las exigencias de su propia vocación. No acusará a la Iglesia, echándole en cara sus bienes temporales, sus propiedades, sus iglesias y catedrales, sus privilegios y beneficios eclesiásticos; pero defenderá siempre otro camino y otros medios para vivir el Evangelio él y sus hermanos.

¡Este es realmente uno de los rasgos más originales de la personalidad de Francisco! ¡Y no quiere decirse con ello que esta actitud no le supusiera tensiones, dificultades, enfados y sufrimientos! Conociendo los abusos y flaquezas de la Iglesia de entonces, el hecho de que en la vida y en los escritos de Francisco no se encuentre ninguna huella de crítica corrosiva a la Iglesia no puede menos que causar admiración.

Pues, recordémoslo: aunque en la Iglesia del siglo XIII hubo santos sacerdotes, la situación del clero era a veces lamentable (prácticas simoníacas, concubinato…) y suscitaba verdaderos tumultos populares de indignación y negativas colectivas a reconocer la validez de los sacramentos administrados por aquellos sacerdotes pecadores. Pero como escribió también Bernanos: «Sólo se reforma a la Iglesia sufriendo por ella».

Por lo demás, la misma Iglesia actual reconoce que la obediencia de Francisco no fue siempre fácil. «El hijo de Pietro Bernardone fue hombre de Iglesia, se entregó a la Iglesia, y por la Iglesia, a la que jamás separó de Cristo Señor, comprometió, incluso en el dolor, hasta el más íntimo latido de su alma» (Juan Pablo II, 2-X-81).

Un carisma personal recibido en la iglesia

Más allá de la relectura inevitable de la vida de Francisco por parte de sus distintos biógrafos, se puede analizar también el hecho de que las experiencias espirituales decisivas que tuvo que vivir se desarrollaron siempre con una innegable connotación eclesial.

Con anterioridad a la época de las grandes decisiones, su devoción le impulsa a emprender una peregrinación a Roma, donde ofrece una ofrenda muy generosa ante la tumba de san Pedro, el príncipe de los apóstoles (2 Cel 8).

Tras desnudarse y restituirle todos los vestidos a su padre, en presencia del obispo de Asís, éste «lo cubrió con su propio manto» (1 Cel 15). Es un gesto cuyo simbolismo no se le escapa a nadie.

Su repentina y conmovedora toma de conciencia, en la casi derruida iglesita de San Damián, de que el Amor no es amado, concluye con una llamada interior que le guía ya al misterio de la Iglesia: «Francisco, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo» (2 Cel 10; cf. LM 2,1).

Al escuchar la lectura del santo Evangelio durante la celebración de una eucaristía en la iglesia de la Porciúncula y, terminada la misa, la explicación de dicho evangelio por el sacerdote que la atendía, Francisco descubre las modalidades concretas de su misión itinerante (1 Cel 22; LM 3,1).

De hecho, en Francisco están indisoluble y existencialmente unidos la Palabra de Cristo y del santo Evangelio, el Cuerpo eucarístico, la misión y la Iglesia. Su vocación evangélica y su misión eclesial nacieron casi al mismo tiempo. Tiene conciencia de no haber escogido sino de haber recibido una misión en la Iglesia y para guiar hacia la Iglesia a todos los hombres, sobre todo a los menores, que estaban excluidos de ella.

Su vocación y comportamiento no son nada clericales, pero no puede concebir su misión fuera de la Iglesia. De hecho, le vemos orar y predicar tanto en los caminos y plazas públicas como en las iglesias, empezando por las de su ciudad, Asís.

Para Francisco, la Iglesia, a pesar de sus fallos, es y será siempre nuestra santa Madre, el Sacramento visible de Jesús salvador. Resultaría interminable enumerar sus signos de veneración y respeto al papa, los prelados y clérigos. Escribe Tomás de Celano: «Pensaba que, entre todas las cosas y sobre todas ellas, se había de guardar, venerar e imitar la fe de la santa Iglesia romana, en la cual solamente se encuentra la salvación» (1 Cel 62). Y en su conmovedor Testamento de Siena, redactado seis meses antes de su muerte, Francisco escribe a sus hermanos: «Vivan siempre fieles y sumisos a los prelados y a todos los clérigos de la santa madre Iglesia» (TestS 5).

Una Iglesia-Pueblo de Dios

La mayoría de los textos citados hasta aquí pueden producir un cierto malestar, pues inducirían a pensar que la concepción que de la Iglesia tiene Francisco es esencialmente clerical y limitada a la jerarquía eclesiástica. Para rectificar esta impresión sería necesario analizar otros textos que prolongarían excesivamente este artículo. Bastará con que el lector acuda al espléndido capítulo 23 de la Regla no bulada. Se convencerá entonces de que, para Francisco, la Iglesia no sólo es un «lugar de salvación», una «garantía de la fe y la conducta cristiana», sino también el Pueblo de Dios en el que se proclama la salvación de Cristo y se transmite el Evangelio:

«Y a cuantos quieren servir al Señor Dios en el seno de la santa Iglesia católica y apostólica y a todos los órdenes siguientes: sacerdotes, diáconos, subdiáconos, acólitos, exorcistas, lectores, ostiarios y a todos los clérigos; a todos los religiosos y religiosas, a todos los conversos y pequeños, a los pobres e indigentes, reyes y príncipes, artesanos y agricultores, siervos y señores, a todas las vírgenes y viudas y casadas, laicos, varones y mujeres, a todos los niños, adolescentes, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, a todos los pequeños y grandes, y a todos los pueblos, gentes, tribus y lenguas, a todas las naciones y a todos los hombres de cualquier lugar de la tierra que son y serán, humildemente les rogamos y suplicamos todos nosotros, hermanos menores, siervos inútiles, que todos perseveremos en la verdadera fe y penitencia, porque de otro modo nadie se puede salvar» (1 R 23,7).

Sin duda alguna la visión que Francisco tiene de la Iglesia es una visión «católica», entendiendo esta vez el término en el sentido de universal. Francisco contempla el inmenso Pueblo de Dios, animado e impulsado por el fuego del Espíritu de Jesús. Este capítulo de la Regla es una explosión de acción de gracias en la que avanzan, en una procesión digna de esos frescos grandiosos y llenos de colorido que recubren los muros e iconostasios de las iglesias orientales, todas las categorías de cristianos que constituyen la Iglesia en marcha hacia la gloria de su Señor. Una Iglesia en la que los pobres, los pequeños, los niños preceden a los reyes y príncipes, y que no excluye la jerarquía eclesiástica ni las estructuras sociales. Y Francisco pide a todos una sola cosa: vivir en la verdadera fe y en la conversión del corazón.

No podría concluirse mejor este artículo que con la siguiente cita de Pablo Sabatier, quien, aun siendo protestante, afirmaba: «Lo repito, sería absurdo convertir a Francisco en un rebelde o un protestante que ignora serlo. Y no menos absurdo sería imaginárselo como un simple eco de la autoridad o como un hombre que hubiera abdicado de su conciencia personal».

Michel Hubaut, O.F.M., Obediencia y libertad en la Iglesia según san Francisco, en Selecciones de Franciscanismo, vol. XVIII, n. 54 (1989) 357-370.