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«Los siervos de Dios honren a los clérigos» (Adm 26)

Introducción

En la vida de nuestro padre san Francisco destaca fuertemente su voluntad de vivir siguiendo en todo la forma del santo evangelio. Francisco quiso vivir la forma de vida que con su palabra y su vida entera nos proclamó Cristo, el Hombre-Dios. Y lo que nos ha ido explicando Francisco en sus Admoniciones no es otra cosa que «la vida del evangelio de Jesucristo» (1 R Pról 2). En ellas nos ha indicado desde distintos puntos de vista cómo el espíritu del evangelio debe penetrar, modelar y perfeccionar nuestra vida de cada día. Lo ha hecho, además, con un carisma arrebatador.

Pero, a diferencia de muchos contemporáneos suyos que también sentían una honda preocupación religiosa, Francisco no quiso vivir esta forma de vida a su arbitrio, según su propio criterio. Dichos contemporáneos estaban, sin duda, animados por un ideal, pero la pasión y el aferramiento a sus propias ideas los puso en conflicto con la Iglesia, de la que terminaron separándose. Francisco era conocedor de tales conflictos. Sus Escritos, incluido su Testamento, nos muestran nítidamente cómo previó la posibilidad de que este peligro se infiltrara entre sus frailes. Por eso procuró muchas veces, y con gran solicitud, prevenirles del mismo.

Impulsado por esta inquietud coloca, para su vida y la de sus hermanos, junto a la «forma del santo evangelio» que Dios le había revelado (Test 14), la «forma de la santa Iglesia romana». En respuesta a la llamada de Dios quiere «seguir las huellas de nuestro Señor Jesucristo» (1 R 1,1); pero también quiere seguir «las huellas venerandas» de la santa madre Iglesia (2 Cel 24). Como los cátaros de su tiempo, quiere vivir una vida según la forma evangélica; pero, a diferencia de ellos, quiere vivirla en la Iglesia y de acuerdo con la misma. La Admonición 26 es una expresión muy elocuente de esta preocupación de Francisco.

«Dichoso el siervo que mantiene la fe en los clérigos que viven verdaderamente según la forma de la Iglesia romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian!; pues, aun cuando sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque el Señor mismo se reserva para sí solo el juicio sobre ellos. Pues cuanto más grande es el ministerio que tienen del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran a otros, tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos que los que lo hacen contra los otros hombres de este mundo» (Adm 26).

El amor a la Iglesia se demuestra en el amor a sus ministros

Antes que nada, indiquemos algo importante. Es evidente que Francisco no vivió después del concilio Vaticano II, sino en la baja Edad Media. Por eso, está firmemente persuadido de que la Iglesia es la madre que nos da la vida, la madre que nos instruye con la Palabra de Dios, la madre a la que debemos profesar una obediencia filial. Por eso, la madre Iglesia se le hace visible sobre todo en los acontecimientos sacramentales, en los sacerdotes, administradores de los misterios de Dios, en los «clérigos», como suele llamarlos en general. Su actitud hacia los «clérigos» preserva y pone en práctica su veneración y amor a la madre Iglesia. Su actitud hacia los «clérigos» confirma su obediencia y sumisión a la Iglesia. De ahí su obediencia al papa (1), así como al cardenal protector, por ser el representante del papa, su «papa» como él lo llamaba (2); de ahí su profundísima veneración a los obispos y sacerdotes (3). En estrecha unión con todos ellos y, por tanto, con la Iglesia es como Francisco quiere «observar el santo evangelio de nuestro señor Jesucristo», «siempre sumisos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, firmes en la fe católica» (2 R 12,4). De esta gran preocupación suya es de lo que trata en la presente Admonición.

La «Iglesia», por tanto, no es para él algo etéreo, inconcreto y genérico, no es algo intangible y, en definitiva, inasible. Para Francisco la Iglesia se hace carne viva en los intermediarios de la salvación establecidos por Dios: los «clérigos». Por eso afirma:

Dichoso el siervo que mantiene la fe en los clérigos que viven verdaderamente según la forma de la Iglesia romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian!

Quien quiere ser siervo de Dios, tiene que respetar y amar a la Iglesia, que el Señor ha instituido para su glorificación y para la salvación de los hombres. Y, en primer lugar, tiene que respetar y amar a los servidores de la Iglesia en quienes y a través de quienes cumple ésta sus grandes tareas de glorificación de Dios y de salvación de los hombres. ¿Y por qué debe respetar y amar a los «clérigos»? ¿Por sus dotes carismáticas? ¿Por su santidad personal? ¿Por sus grandes méritos? ¡A nada de esto alude Francisco! En su Testamento da gracias a Dios por haberle dado y seguir dándole «una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la forma de la Iglesia romana», y esto «por su ordenación» (Test 6). Por eso, el que los sacerdotes vivan según la norma de la santa Iglesia romana es un elemento decisivo de la fe que en ellos deben tener los siervos de Dios.

En el sacramento del orden, Cristo, cabeza de la Iglesia, une consigo de una manera especial a los sacerdotes. Éstos han recibido plenos poderes para actuar en su lugar, en su nombre o, como se decía en la Edad Media, «en su persona». Francisco manifiesta esta fe con expresiones muy personales: «Y a estos sacerdotes y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a señores míos. Y no quiero advertir pecado en ellos, porque miro en ellos al Hijo de Dios y son mis señores» (Test 8-9). Actuando así, este creyente cristiano cumple la palabra del Señor: «El que os escucha a vosotros, a mí me escucha; y el que os rechaza, a mí me rechaza; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16). Por eso, ¡dichoso quien tiene en los enviados por el Señor a su Iglesia la misma fe que en Cristo, el Señor! Y, ¡ay de aquellos que los desprecian!, pues eso equivale a despreciar a Cristo, que viene en ellos a nuestro encuentro, y al Padre que lo ha enviado.

Pues, aun cuando sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque el Señor mismo se reserva para sí sólo el juicio sobre ellos.

La veneración, el respeto y la fe que se nos exige en la primera frase de esta Admonición, y que se nos exige además con toda firmeza (Dichoso… ¡ay de aquellos…!), resultan particularmente difíciles en el caso de «algunos pobrecillos sacerdotes de este mundo» (Test 7) que no actúan como debieran y viven en pecado: aun cuando sean pecadores (4). Los sacerdotes son seres humanos como los demás; por tanto, son pecadores como todos nosotros. Una vez más podemos comprobar cómo Francisco no idealiza ni encubre nada. Toma la realidad de la vida tal como es. Él, que vivía con la mente bien despierta y conocía los problemas y carencias de su tiempo, sabe que el sacerdote, a pesar de su íntima unión con Cristo por el sacramento del orden, sigue siendo un ser humano, un hombre con faltas e imperfecciones, con pecados y negaciones. ¡Esto es algo que él experimentó en su tiempo, y que lo experimentó incluso en proporciones que hoy día nos resultan difíciles de imaginar!

Pero, según Francisco, todo ello no debe ensombrecer la dignidad interna que el sacerdote ha recibido de Cristo en la ordenación. Penetrando lo humano, contempla lo que procede de Dios: «Porque miro en ellos al Hijo de Dios» (Test 9). Esta mirada de fe le impide juzgarlos. Deja todo juicio en manos de Dios, el Señor, el único a quien compete juzgar. Como dice el apóstol Pablo: «A mí lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano… Mi juez es el Señor» (1 Cor 4,34). Francisco no quiere anticiparse al juicio de Dios.

Por otra parte, ¡aquí se refleja también claramente cuán grande es la responsabilidad del sacerdote en todos los ámbitos y aspectos de su vida, por su ordenación! El sacerdote, que debe hacer las veces de Cristo y puede actuar «en su persona», está obligado a vivir cada vez más a Cristo. «A quien mucho se le dio, se le reclamará mucho» (Lc 12,48). Las cuentas que le pedirá el Señor estarán en relación con la gracia que ha recibido.

Pues cuanto más grande es el ministerio que tienen del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran a otros, tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos que los que lo hacen contra todos los otros hombres de este mundo.

Una vez más, Francisco expresa su más profunda preocupación. Una vez más, advierte a sus seguidores que no deben juzgar a aquellos sobre quienes el Señor en persona se ha reservado todo juicio. Una vez más, queda bien claro que la sublimidad y dignidad del sacerdote se basa sobre su ministerio, especialmente sobre la potestad de celebrar la eucaristía y administrar a los hombres el cuerpo y la sangre de Cristo: «Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a otros» (Test 10). El ministerio eucarístico que el sacerdote debe desempeñar en la Iglesia es algo que lo eleva por encima de todo; gracias a él, el sacerdote puede hacer lo mismo que hizo Cristo; en este ministerio, el sacerdote está tan identificado con Cristo que su palabra se vuelve Palabra de Cristo y él mismo se hace uno con Él. Por eso mira Francisco en el sacerdote al Hijo de Dios.

Por esta dignidad recibida con miras a su ministerio, Francisco considera que cuando alguien se arroga el derecho de juzgar a los sacerdotes, cae en la máxima arrogancia: dado que los sacerdotes están tan íntimamente unidos a Cristo que hacen sus veces y pueden realizar su misión en la Iglesia, quienes pecan contra ellos cometen un pecado mayor que si lo cometieran contra todos los otros hombres de este mundo.

Veneremos a los sacerdotes por su ministerio

Es evidente que Francisco dirigió su Admonición 26 a los hombres de su tiempo. En aquella época había quienes sostenían que lo decisivo no es la ordenación sacerdotal, sino la vida virtuosa del individuo. Por tanto, si no había ningún sacerdote virtuoso, el ministerio sacerdotal podía ejercerlo un laico de vida santa. Según esta mentalidad, la sucesión apostólica no depende del sacramento del orden, sino de la vida apostólica de los individuos. Los sacramentos administrados por un sacerdote válidamente ordenado pero que vive en pecado, son inválidos. Frente a esta manera de pensar, Francisco dice claramente: «y ellos solos administran a otros» (Adm 26,3); «y solos ellos administran a otros» (Test 10); «y sólo ellos deben administrarlos y no otros» (2CtaF 35). La dignidad del sacerdote se basa sobre su ordenación y ministerio. Este contexto subraya la importancia que esta «palabra de amonestación» tiene también para nuestro tiempo.

1. También hoy día existe, incluso entre los cristianos de la Iglesia romana, el peligro de prestar más atención a la persona que a su ministerio. Hay quienes se fijan más en las cualidades humanas del ministro que en lo que Cristo dice y hace por medio de él. Si el sacerdote es una persona buena, prudente, amable, cortés, de trato agradable, se le honra y respeta; si no lo es, si carece de esta o aquella cualidad, es menospreciado e incluso despreciado. Más todavía, a veces parece como si los cristianos de hoy tuvieran una mirada especialmente aguda para captar las debilidades humanas, negaciones y pecados de los sacerdotes, por lo que resulta mucho más fácil caer en el peligro de juzgarlos y condenarlos. Se olvida lo que Francisco nos acaba de proponer: una visión de fe. Justamente por eso debemos sus seguidores esforzarnos en cultivar la veneración, la confianza y el amor a los sacerdotes, por su ministerio, en definitiva por Cristo que en ellos nos sale al encuentro.

2. Esta mirada de fe, que en toda ocasión se esfuerza por cultivar la veneración, la confianza y el amor a los sacerdotes, es una buena ayuda para superar una seria crisis existente hoy día tanto en nuestra vida comunitaria como en la vida de convivencia de la Iglesia: la crisis de autoridad.

Tal vez hasta no hace mucho se acentuara demasiado unilateralmente la autoridad. Tal vez se haya recargado en exceso este concepto con contenidos provenientes de otros ámbitos, especialmente del político e incluso del militar, haciendo caer en el descrédito no sólo el término «autoridad», sino hasta su mismo contenido.

En última instancia, la palabra autoridad (auctoritas) remite siempre a Dios Padre. Dios Padre se sirve de personas concretas para hacer visible su paternidad a los hombres. Así, por su paternidad, en la familia el padre tiene una autoridad directa. Así también, por su esencia, la Iglesia tiene una autoridad directa; pero la desempeña a través de hombres a quienes confía misiones concretas. Mediante su misión, participan de la autoridad de la Iglesia; y su autoridad se basa sobre dicha misión. A este ministerio, por tanto, le debemos estima, respeto y amor. Lo ideal sería, es lógico, que aquel a quien se le ha confiado un ministerio viviera de acuerdo con el mismo: ¡Piénsese, por ejemplo, en el papa Juan XXIII!

¡Pero eso sería exigir demasiado a los hombres! El hecho de recibir el encargo de un ministerio en la Iglesia no significa que quien lo recibe experimente el milagro de una nueva creación humana. Con frecuencia, mejor dicho, casi siempre se hace patente, tanto a quien ha recibido el ministerio como a aquellos que le han sido confiados, la dolorosa y angustiosa comprobación de que la autoridad de Dios se manifiesta en vasos de arcilla. Como decía san Pablo, «llevamos este tesoro en vasos de barro» (2 Cor 4,7).

Por tanto se trata, siguiendo a Francisco, de no despreciar el ministerio por la carencia de cualidades humanas en la persona del ministro y de no confundir el ministerio con las cualidades humanas o viceversa. Francisco nos indica, además, que debemos comportarnos con los ministros tal como corresponde al ministerio que les ha sido confiado; de ese modo se mantiene el orden interno de la comunidad, que en la Iglesia ha de ser siempre jerárquico. El que ha recibido un ministerio tendrá siempre la tarea de eliminar con su trabajo serio y responsable cualquier tensión o división.

3. Seamos comprensivos con los sacerdotes que no logran armonizar su ministerio sacerdotal y una vida personal coherente con el mismo. No se les ayuda criticándolos y juzgándolos, ni con la maledicencia o el desprecio. Sólo la oración y el sacrificio sirven de ayuda para que superen tal situación. Francisco nos muestra una vez más el camino. Cuenta de él san Buenaventura que lloraba con tan intenso amor y compasión por los pecadores, «que bien podía decirse que, como una madre, los engendraba diariamente en Cristo» (LM 8,1b).

¡No dejemos solos a quienes se les ha confiado un ministerio en la Iglesia! ¡Pongámonos a su lado y ayudémosles! ¡Seamos comprensivos con ellos y no les exijamos demasiado con una crítica carente de amor!

4. Tal vez lo más difícil que aquí nos pide Francisco consista en mantener, a pesar de todo, la confianza, la fe. Tomás de Celano relata que los primeros seguidores de Francisco «con frecuencia confesaban sus pecados a un sacerdote de muy mala fama, y bien ganada», y que «habiendo llegado a conocer su maldad por el testimonio de muchos no quisieron dar crédito a lo que oían, ni dejar por ello de confesarle sus pecados como solían, ni de prestarle la debida reverencia» (1 Cel 46b).

Esta actitud construye, induce a la reflexión y a la conversión, sirve al Reino de Dios. Por eso es dichoso el siervo de Dios que así actúa.

1) «El hermano Francisco y todo aquel que sea cabeza de esta Religión, prometa obediencia y reverencia al señor papa Inocencio y a sus sucesores»; «El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos» (1 R Pról 3; 2 R 1,2).

2) Cf. Jordán de Giano, Crónica, 14.

3) «Los hermanos no prediquen en la diócesis de un obispo cuando éste se lo haya prohibido» (2 R 9,1); «Después de esto, el Señor me dio, y me sigue dando, una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la norma de la santa Iglesia romana, por su ordenación, que, si me viese perseguido, quiero recurrir a ellos. Y si tuviese tanta sabiduría como la que tuvo Salomón y me encontrase con algunos pobrecillos sacerdotes de este siglo, en las parroquias en que habitan no quiero predicar al margen de su voluntad. Y a estos sacerdotes y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a señores míos. Y no quiero advertir pecado en ellos, porque miro en ellos al Hijo de Dios y son mis señores. Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a otros. Y quiero que estos santísimos misterios sean honrados y venerados por encima de todo, y colocados en lugares preciosos. Y los santísimos nombres y sus palabras escritas, donde los encuentre en lugares indebidos, quiero recogerlos, y ruego que se recojan y se coloquen en lugar decoroso. Y también a todos los teólogos y a los que nos administran las santísimas palabras divinas, debemos honrar y tener en veneración, como a quienes nos administran espíritu y vida (cf. Jn 6,64)» (Test 6-13); «Vivan siempre fieles y sumisos a los prelados y a todos los clérigos de la santa madre Iglesia» (TestS 5).

4) En la Carta a todos los fieles indica Francisco que «debemos… tener en veneración y reverencia a los clérigos, no tanto por lo que son, en el caso de que sean pecadores, sino por razón del oficio y de la administración del santísimo cuerpo y sangre de Cristo…» (2CtaF 33).

Kajetan Esser, O.F.M., Los siervos de Dios honren a los clérigos (Admonición 26 de san Francisco de Asís), en Selecciones de Franciscanismo, vol. XXI, n. 61 (1992) 102-108.