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La Iglesia en los escritos de Francisco de Asís

El A. examina, a partir únicamente de los escritos de Francisco, la imagen que éste tenía de la Iglesia. Divide su trabajo en cuatro partes: 1) análisis del vocabulario empleado por Francisco; 2) presentación sumaria de los textos principales en que Francisco habla de la Iglesia; 3) la Iglesia y su misterio: Francisco ve a la Iglesia enraizada en el misterio trinitario y constituida como pueblo de Dios; 4) funciones de la Iglesia. Como conclusión, subraya tres puntos: el sentido vivo y profundo de Iglesia que tenía Francisco; su actitud positiva, no polémica, hacia ella; la síntesis que consiguió hacer entre el carisma y la autoridad.

1. Cuando se evocan las relaciones de Francisco y de la Iglesia, toda clase de imágenes o de tópicos se agolpa en el espíritu del lector, influenciado por las perspectivas que, desde Paul Sabatier, se encuentran, poco más o menos, en todas las biografías del Santo.

En su Vida de S. Francisco de Asís, Sabatier, comentando la aprobación de la Regla por Inocencio III, escribía:

«Los místicos a quienes hemos visto ir de pueblo en pueblo, ebrios de amor y de libertad, acababan de aceptar un yugo sin siquiera sospecharlo… Las flores de la retórica clerical les ocultaron los lazos con que se les cargaba… La creación tan profundamente laica de san Francisco se convertía de grado o por fuerza en una institución eclesiástica… Sin saberlo, el movimiento franciscano era infiel a sus orígenes. El profeta había abdicado en las manos del sacerdote; no sin retorno, sin embargo, porque cuando una vez se ha reinado, quiero decir, pensado libremente…, no se puede ser más que un mediocre esclavo; por más que quiera uno someterse, llega el momento en que, a pesar suyo, levanta orgullosamente la cabeza, sacude sus cadenas, recuerda las luchas, las tristezas, las congojas del tiempo de la libertad, y llora».

Estas líneas apasionadas, admirablemente escritas, serán recogidas por otros, menos historiadores y con menos talento, e inspirarán una concepción de las relaciones de Francisco con la Iglesia, que puede llamarse corriente.

Esa concepción implica, en primer lugar, una determinada idea de Francisco y de su proyecto evangélico: proyecto tan radical, tan duro y puro, que su dinamismo revolucionario no podía sino inquietar y amenazar a la pesada institución eclesiástica. A pesar de él mismo y de sus protestas sinceras, Francisco anuncia ya la explosión del libre examen y de la Reforma del siglo XVI.

Pero a la institución no le faltan hombres inteligentes y espirituales (un Inocencio III, un cardenal Hugolino); más que oponerse frontalmente al movimiento suscitado por Francisco (como se hizo poco antes con respecto a Valdenses y Humillados), la institución se dedica a recuperarlo, a utilizarlo para sus fines, no sin modificarlo radicalmente vaciándolo de su novedad y de su virus contestatario.

Francisco es consciente de ello, tiene por lo mismo el corazón y la carne triturados. Sin embargo, a pesar de algunos arranques de rebelión, se somete y acepta, con lágrimas de sangre, la deformación de sus intenciones (1). El porqué de semejante actitud incomprensible no se explica; es un hecho, reafirmado repetidamente por Francisco mismo, quien, con una devoción conmovedora, proclama su fe y su sumisión a la Iglesia y a sus clérigos.

Esta concentración en los clérigos revela por lo demás, en Francisco, una visión piramidal, jerárquica y clerical de la Iglesia. ¡Un punto más que se añade al drama!

2. Pero, ¿semejante concepción se apoya verdaderamente en los hechos, hace justicia a los documentos históricos y, por consiguiente, a Francisco mismo? Una aproximación más serena, emprendida por historiadores, la modifica considerablemente, como lo demuestran los trabajos de K. Selge y de R. Manselli. Para este último, en particular, el cardenal Hugolino no desempeñó en absoluto el papel que habitualmente se le atribuye, a saber, la transformación sustancial del proyecto primitivo de Francisco.

3. Mi propósito, en este artículo, no es comenzar de nuevo el examen de la cuestión histórica sobre la base de los documentos contemporáneos: fuentes diplomáticas, crónicas y, sobre todo, distintas biografías antiguas de Francisco. Me limito a un objetivo más restringido: examinar, únicamente a partir de los escritos auténticos de Francisco, la imagen que él se formó de la Iglesia.

Esta imagen se revela, de hecho, mucho menos clerical de lo que parece: es una Iglesia-pueblo, una Iglesia-misterio, una Iglesia-espacio de salvación, norma de fe y de conducta. La comunión de Francisco con esta Iglesia, su «sumisión» -para emplear sus propios términos-, se explica entonces por una adhesión de fe profunda, no por necesidades tácticas o por una obediencia ciega.

El estudio que sigue se divide en cuatro partes: 1) examen del vocabulario empleado por Francisco; 2) presentación sumaria de los textos principales en que habla de la Iglesia; 3) la Iglesia: su misterio, sus estructuras; 4) funciones de la Iglesia.

I. VOCABULARIO DE FRANCISCO (2)

Para hablar del gran conjunto religioso del que él y su fraternidad forman parte, Francisco utiliza dos tipos de palabras: unas son una designación general de ese cuerpo; otras describen las diferentes categorías que lo componen.

1. El primer grupo comprende tres palabras: Iglesia, católico, cristiano. La más frecuente es Iglesia: 22 veces, de las que 13 miran a la sociedad que lleva ese nombre, 8 se refieren al edificio material, y una se emplea en sentido simbólico (SalVM 5). La Iglesia, como comunidad, es calificada 10 veces por el atributo santa; 2 veces se la llama madre; 5 veces, romana; 1 vez, católica y apostólica; una sola vez está empleada esa palabra sin ningún adjetivo.

Ciertamente, el término Iglesia, comparado con otras frecuencias (Señor, 410 veces; Hermano, 306; Cristo, 83; cuerpo, 85; alma (anima), 77; etc.), es de un uso modesto, poco más o menos tan frecuente como la palabra pobre (27 veces), y más que la palabra pobreza (16 veces).

Aunque fueran formas corrientes en la época de Francisco, la utilización de la expresión madre y la frecuencia de las palabras santa y romana no son, tal vez, fruto del azar: podrían testimoniar la fe, el respeto y una cierta ternura, precisamente con respecto a la Iglesia romana.

El término católico, bajo formas diversas, se encuentra 13 veces en los escritos de Francisco. Califica ya la Iglesia (1 vez), ya la fe o la vida, es decir, la ortodoxia (fe y vida católica, 3 veces); ya, tomado como sustantivo (ser católicos), designa bien sea a los fieles (4 veces), bien sea a los sacerdotes (2 veces); 3 veces es utilizado como adverbio: católicamente, de una manera católica. En todos los casos se trata de la conformidad con la Iglesia, su fe y su disciplina; la palabra quiere ser una garantía de fidelidad, en oposición un tanto polémica con los que creen y se comportan de manera diferente.

La palabra cristiano (4 veces) es también un título de pertenencia. Ante los musulmanes, los hermanos confesarán que son cristianos y, si llega el caso, los invitarán a que también ellos se hagan cristianos (1 R 16,6 y 7). En el espíritu de Francisco, cristiano significa católico, miembro de la Iglesia (2CtaF 1), fiel al evangelio (CtaM 7).

2. El segundo grupo de palabras comprende las diferentes categorías que componen la Iglesia. Este grupo es mucho más abundante y variado que el precedente. Yo he anotado 12 palabras que designan estos «ordines» (1 R 23,7). Son los siguientes, por orden de mayor a menor frecuencia: sacerdote, 32 veces; clérigo, 28; religioso, 14; laico, 12; papa, 9; obispo, 8; prelado, 7; sede apostólica, 2; canónicamente, 2; cardenal, 1; teólogo, 1; curia romana, 1.

Los términos sacerdote y clérigo son más utilizados que el de iglesia; algunos términos se encuentran en contextos particulares: prelado se utiliza 5 veces en la Adm 3, ella sola; religioso figura 14 veces, 8 de ellas en las Admoniciones.

La relativa riqueza del vocabulario al tratar de designar al «personal» de la Iglesia, resulta sorprendente cuando el que habla se llama a sí mismo «simple e idiota», es decir, un hombre sin formación intelectual. Por otra parte, el vocabulario, por sí solo, nos orienta hacia una visión de la Iglesia que podría llamarse «clerical»; en efecto, son principalmente las estructuras jerárquicas las que vienen designadas. Pero esta visión sería más bien «presbiteral» que episcopal o papal. No obstante, hay que abstenerse de sacar demasiado aprisa conclusiones del vocabulario. Una lectura atenta de los escritos aportará correctivos importantes a esta primera impresión.

II. TEXTOS PRINCIPALES

Aunque haya menciones o alusiones a la Iglesia diseminadas a lo largo de sus escritos, la «doctrina» de Francisco sobre la Iglesia está concentrada en algunos textos principales. Ahora bien, estos textos forman parte de un grupo particular.

Los escritos de Francisco se distribuyen en tres categorías: 1) Escritos que dan una visión completa de la vida cristiana: las Cartas a los fieles, para los laicos; las Reglas, para los hermanos (con los dos Testamentos como complemento); las Admoniciones, que indican las raíces profundas del comportamiento cristiano. 2) Oraciones, que revelan la imagen que Francisco se formó del misterio de Dios y de Cristo, y la manera de comportarse en su presencia; pueden contarse unas catorce. 3) Escritos de circunstancias, es decir, el Testamento en su mayor parte y todas las Cartas, a excepción de las dirigidas a los fieles.

Ahora bien, los textos que se refieren de alguna manera al misterio de la Iglesia y lo tratan con cierta amplitud, forman todos parte de la primera categoría. Estos son: Admonición 26; segunda Carta a los fieles 33-35; Regla primera o no bulada, Prólogo; 19; 20,1.2; 23,7; Regla segunda o bulada 1,2-3; 12,3-4; Testamento 4-13; Testamento de Siena 5. A los que se puede añadir, esta vez en un contexto de alabanza y de oración (como en el cap. 23 de la Regla no bulada), el Saludo a la Bienaventurada Virgen María (SalVM), en el que, como se verá, se nos presenta una visión mística de la Iglesia.

La Carta a los clérigos y la Carta a los custodios tocan, sin duda, el tema de la Iglesia al tratar del ministerio sacerdotal y del sacramento, pero su objetivo es más práctico que teológico.

Así, el hecho de que Francisco hable de la Iglesia cuando presenta una visión de conjunto de la vida cristiana vivida por laicos o por hermanos, revela ya que para él esta vida no podía tener sentido y plenitud más que en el interior de la comunidad cristiana estructurada por sus ministerios.

III. LA IGLESIA Y SU MISTERIO

La investigación sobre el vocabulario queda como una aproximación bastante exterior. Es más importante ver cuál es la realidad apuntada tanto por estas palabras como por otros pasajes de los escritos. Y una lectura atenta de los textos de Francisco revela una imagen de la Iglesia enraizada en el misterio trinitario y constituida en pueblo de Dios.

1. Una imagen trinitaria y mariana (SalVM)

«1¡Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha Iglesia 2y elegida por el santísimo Padre del cielo, a la que Él consagró con su santísimo Hijo amado y el Espíritu santo Paráclito, 3en la que estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien! 4¡Salve, palacio suyo!; ¡salve, tabernáculo suyo!; ¡salve, casa suya! 5¡Salve, vestidura suya!; ¡salve, esclava suya!; ¡salve, madre suya!; 6y vosotras, todas las santas virtudes…» (SalVM).

La restitución, hecha por la edición crítica de K. Esser, de la lectura «ecclesia facta» (hecha Iglesia) en el primer versículo del Saludo a la Virgen, constituye algo así como un acontecimiento teológico. Esas dos palabras confieren a esta alabanza mariana un indiscutible carácter eclesial. Por lo mismo, se impone un breve análisis de este texto para deducir de él el doble simbolismo y las relaciones que existen entre María y la Iglesia.

La alabanza se dirige indudablemente a María. El versículo introductorio (SalVM 1) la saluda con cinco títulos: Señora, Reina, Madre de Dios, Virgen, Iglesia. Los dos primeros son atributos de honor; el tercero, «theotokos», es la raíz de su dignidad; Virgen es el título tradicional fundado en el misterio personal de María; Iglesia, por extraño que parezca, es también un título de gloria, de dignidad. María se le presenta a Francisco como la figura, el icono de la Iglesia; lo que aquélla es ya, es ahora, la Iglesia está llamada a serlo.

La palabra Iglesia tiene, por lo demás, un doble significado: comunidad de fieles y edificio material que abriga a esta comunidad. En el texto subsisten los dos significados, como lo muestra lo que sigue (vv. 2 y 3). María, Virgen hecha Iglesia, es primero elegida, escogida por el Padre; es luego consagrada, por decirlo así, dedicada, siempre por el Padre, mediante el Hijo y el Espíritu Paráclito (el cum sanctissimo puede traducirse de dos maneras: por medio de, o también, al mismo tiempo que por el Hijo…: los dos sentidos son posibles). Se convierte entonces en la morada (que tuvo y tiene, o, en la que estuvo y está) que contiene en sí «toda la plenitud de la gracia y todo bien»; ella es la Iglesia-edificio.

Las imágenes de la elección y de la consagración de la morada están vinculadas al tema de la consagración o dedicación de la iglesia-edificio, pero hacen igualmente alusión al relato de la Anunciación (Lc 1,26-38), en el que el Padre envía su mensajero a María «llena de gracia», la hace cubrir por la sombra del Espíritu Santo para que lleve en sí misma a su Altísimo Hijo.

La continuación del texto (vv. 4-5: seis saludos que comienzan todos por un Ave, Salve) insiste fuertemente en la idea de la morada. Cuatro palabras diferentes expresan esta insistencia. María, «en la que estuvo y está toda la plenitud», es saludada como palacio, tabernáculo, casa, vestidura. Todos los términos subrayan, con matices diversos, el tema del continente. Los dos términos finales nos llevan de nuevo a los vocablos tradicionales: esclava (como en el relato de la Anunciación: Lc 1,38) y madre.

Nótese el carácter trinitario del texto, con insistencia en la primacía del Padre: el Padre es quien interviene para elegir y consagrar a María, con y por medio de su Hijo y del Espíritu Paráclito. De este modo, la extraordinaria grandeza y la dignidad de la Virgen están fundadas en el don de Dios-Trinidad.

Pero, dado que María es comparada con la Iglesia, los rasgos atribuidos a aquélla se encuentran de nuevo en ésta; María es una realización anticipada de lo que ya ahora está en germen y de lo que será escatológicamente en plenitud, la Iglesia de Cristo. Llamando a María «Virgen hecha Iglesia», Francisco atribuye a una y a otra los mismos títulos y, además, considera de una misma manera su realidad profunda, su misterio último.

Sin duda, lo que acabo de decir es un desarrollo, una profundización de una imagen, pero no veo otra aproximación seria, a no ser que se trate esta metáfora como un símbolo sin consecuencias.

Si, pues, lo que se dice de María puede y debe decirse de la Iglesia, ésta es igualmente Señora, Reina, etc. También ella ha sido elegida por el Padre y consagrada por el Hijo y el Espíritu. En ella se encuentra toda la plenitud de la gracia y todo bien. Palacio, tabernáculo, casa, vestidura de Dios, ella lleva en sí al Señor y su evangelio. Ella es a la vez esclava humilde, sumisa, dependiente, y madre gloriosa del Verbo.

Y si la atribución a la Iglesia de tales vínculos con Dios y su misterio pareciese exorbitante, no olvidemos que en otra parte Francisco lo hace imperturbablemente cuando compara a los fieles creyentes con los esposos, hermanos y madres de Cristo (2CtaF 51-53; cf. también FVCl 1). Ahora bien, un simple creyente es menos que la Iglesia entera en su misterio.

Este breve texto es pues portador de una riquísima visión teológica, tanto por lo que se refiere a María como con relación a la Iglesia. Para Francisco, el corazón del misterio de la Iglesia, su gloria y su dignidad se fundamentan en la libre elección del Padre, en su santificación por el Hijo y el Espíritu. Desde ese momento, por pura gracia, la Iglesia se convierte en morada en la que se encuentra «toda… riqueza a saciedad» (AlD 4), es decir, la presencia misma del Altísimo. Deberemos tener en cuenta este texto en lo que va a seguir; en él se lee la inteligencia espiritual más profunda de la Iglesia que, en su última consumación, superará incluso el misterio de María que es su primera realización.

2. El inmenso pueblo de la Iglesia (1 R 23,7)

Otro texto que merece toda nuestra atención es el de la Regla no bulada, capítulo 23, versículo 7 (1 R 23,7). En contra de una concepción clerical, centrada en los sacerdotes, que podrían sugerir otros textos en los que se habla de ellos y que son efectivamente numerosos, nada mejor que este pasaje indica la dimensión verdaderamente «católica» y la visión de la Iglesia como pueblo de Dios.

Después de una acción de gracias dirigida a Dios (1 R 23,1-4) y una epliclesis-invocación al Hijo, al Espíritu (v. 5), así como también a los santos (v. 6), para que entonen esa alabanza que el hombre pecador es incapaz de cantar él solo, Francisco y sus hermanos se vuelven hacia «cuantos quieren servir al Señor Dios en el seno de la santa Iglesia católica y apostólica». Y les piden la única cosa necesaria: «que todos perseveremos en la verdadera fe y penitencia» (v. 7).

Es en esta ocasión cuando el texto hace pasar ante nuestros ojos una inmensa procesión en la que desfilan todas las categorías que constituyen la Iglesia. Es una letanía en movimiento, una muchedumbre inmensa que se apresura. En cabeza va el orden clerical: sacerdotes, diáconos y las cinco órdenes subalternas. Siguen por parejas (con dos excepciones: 8 y 9) 15 categorías diversas, de las que las 3 últimas ya no están formadas por individuos sino por muchedumbres enormes.

La simple enumeración de los componentes de este pueblo en marcha es ya impresionante:

…cuantos quieren servir al Señor Dios
en el seno de la santa Iglesia católica y apostólica
1. todos los órdenes siguientes: sacerdotes, diáconos, subdiáconos, acólitos, exorcistas, lectores, ostiarios y todos los clérigos
2. todos los religiosos y religiosas
3. todos los conversos y pequeños
4. pobres e indigentes
5. reyes y príncipes
6. artesanos y agricultores
7. siervos y señores
8. todas las vírgenes y viudas y casadas
9. laicos, varones y mujeres
10. todos los niños, adolescentes
11. jóvenes y ancianos
12. sanos y enfermos
13. todos los pequeños y grandes
14. y todos los pueblos, gentes
15. tribus y lenguas
16. todas las naciones y todos los hombres
de cualquier lugar de la tierra
que son y serán… (v. 7)

Obsérvese, por una parte, la ausencia de los obispos (¿será tal vez porque son los pastores de ese inmenso rebaño?), y, por otra, el respeto al orden jerárquico de la Iglesia. Los clérigos, los religiosos, los conversos (a mi parecer, los parvuli = pequeños que siguen en el texto podrían designar a los niños educados en los monasterios, numerosos en aquella época…) tienen la precedencia, así como las mujeres que viven en continencia (tal es, para mí, el sentido del n. 8). Después del grupo eclesiástico, vienen en cabeza los pobres y los indigentes, antes que los reyes y los príncipes; los siervos preceden a los señores, y los pequeños a los grandes. La distinción se hace primeramente en función de las categorías sociales (nn. 5 y 7); luego, en función del sexo (nn. 8 y 9), de la edad (nn. 10 y 11), de la salud (n. 12). El n. 13 (pequeños y grandes) es una recapitulación social; los nn. del 14 al 16 abarcan la universalidad étnica, lingüística y nacional, para cerrarse con la evocación de toda la humanidad, en la universalidad espacial (de cualquier lugar de la tierra) y temporal (que son y serán).

Para Francisco, la Iglesia es eso: es esta muchedumbre inmensa en la que los pobres, los pequeños, los niños son privilegiados, que no excluye, sin embargo, ni la jerarquía ni las estructuras sociales, que está a la vez bien circunscrita y abierta a todos los hombres de hoy y de mañana. No se dice nada sobre la función y la responsabilidad de todos esos grupos, pero son ellos quienes forman la Iglesia, por cuanto ellos son los que «quieren servir al Señor Dios en el seno de la Iglesia»; ellos son aquellos a quienes los hermanos exhortan, incluyéndose a sí mismos, «para que todos perseveremos en la verdadera fe y penitencia».

Debemos tener presente en nuestro espíritu esta visión universalista de la Iglesia como pueblo de Dios; ésta, junto con la visión mística analizada anteriormente, es la clave que nos permite situar en su justo alcance las diversas estructuras de esta Iglesia.

3. Estructuras de la Iglesia

Pues esas estructuras aparecen bien perfiladas, de forma tal que una mirada demasiado rápida podría acusar a Francisco de tener una visión clerical.

Está, en primer lugar, el Señor Papa (Inocencio u Honorio), fiador de la Regla, a quien Francisco promete «obediencia y reverencia» (1 R Prólogo; 2 R 1,2; Test 15). Después, uno de los cardenales de la santa Iglesia romana, a quien Francisco quiere tener como «gobernador, protector y corrector de esta fraternidad» (2 R 12,3) y a quien en el Testamento llama «señor de Ostia» (Test 33). Francisco conoce también la Sede Apostólica (2 R 11,2) y la Curia romana, a la que los hermanos se sienten demasiado fácilmente inclinados a recurrir en sus dificultades (Test 25). Los obispos son mencionados cuando se trata de ciertos casos de admisión en la Orden (2 R 2,4) o de la predicación (2 -R 9,11), y el hermano Antonio recibe el título honorífico de obispo (CtaAnt 1).

Pero es a los sacerdotes (sacerdote: empleado 32 veces) y a los clérigos (clérigo: 28 veces) a quienes se menciona con mayor frecuencia. Con ellos precisamente los contactos de la primera fraternidad fueron más numerosos y las dificultades más frecuentes. Tanto más por cuanto en aquella época el clero, con frecuencia mediocre, ignorante e incluso escandaloso, era objeto de la crítica virulenta de todos los movimientos reformadores. Francisco habla de su situación intelectual y moral a menudo deficiente: «aun cuando sean pecadores…» (Adm 26,2); «en el caso de que sean pecadores…» (2CtaF 33); «no quiero advertir pecado en ellos» (Test 9); «pobrecillos sacerdotes de este siglo» (Test 7). Puede suceder incluso que persigan a los hermanos (Test 6). A pesar de todo, Francisco invita a los fieles y a los hermanos a tener hacia ellos una fe semejante a la suya (Test 6; Adm 26,1) y a manifestarles respeto. Las palabras que Francisco emplea para describir esta actitud son: venerar (1 R 19,3; 2CtaF 33); reverenciar (2CtaF 33); honrar (Test 8); amar (Test 8); temer (Test 8). Hay que tenerlos por señores (1 R 19,3; Test 8 y 9); no entrar nunca en conflicto con ellos (Test 6 y 25); recibir de ellos solos los sacramentos (Adm 26,3; 2CtaF 35; 1 R 20,4; Test 10). Por otra parte, Francisco no dudará en dirigirles una carta para exhortarlos vigorosamente al respeto del sacramento y de las palabras escritas, «según los mandamientos del Señor y las prescripciones de la santa madre Iglesia» (CtaCle 13). Cuando, al tratar de esta materia, Francisco habla de «gran pecado e ignorancia» (CtaCle 1), de la administración del sacramento sin discernimiento (CtaCle 4-5), e invita a los clérigos a corregirse, amenazándolos con el juicio de Dios (CtaCle 9.10.14), se ve que el respeto no le impide ser lúcido y exigente.

Todavía aparecen otras categorías: religiosos (1 R 19,3), teólogos y los que administran las santísimas palabras divinas (Test 13). Unos y otros deben ser tenidos «por señores» (1 R 19,3); se les debe venerar y honrar (Test 13), con esta precisión, sin embargo: «en las cosas que miran a la salud del alma y que no se desvían de nuestra Religión» (1 R 19,3).

Así, el pueblo de Dios, la Iglesia, que hemos visto en marcha en el tiempo y el espacio, posee unas articulaciones que Francisco conoce, respeta, y cuyo significado va a desvelarnos.

4. Francisco y su fraternidad en la Iglesia

Antes de abordar la manera como se sitúa Francisco, con su fraternidad, en el seno de la Iglesia, destaco un rasgo de sus oraciones que manifiesta un profundo sensus Ecclesiae. Es el plural nosotros que encontramos en todas las oraciones que nos traen los Escritos.

Dejando a un lado las tres oraciones puestas en los labios de Cristo (OfP; 2CtaF 8-10; 56-60; 1 R 22,41-55), de la quincena de oraciones dirigidas por Francisco a Dios, una sola está en singular (OrSD), y dos no tienen sujeto (AlD; SalVM); todas las demás son colectivas, en ellas se oye un nosotros. Así, cuando Francisco ora, lo hace como Jesús nos lo ha enseñado en el Padrenuestro y como lo practica la Iglesia en su liturgia: funde su voz en el coro plural de todo el cuerpo de Cristo. Las oraciones de Francisco distan mucho de ser una conversación individual con Dios; forman parte de la oración incesante que el Espíritu mantiene en el corazón de la Iglesia.

¿Cómo va a situarse Francisco en esta Iglesia, de la que él capta con sorprendente equilibrio el complejo misterio? Iglesia fundada en el misterio trinitario y mariano, Iglesia reunión sinfónica del pueblo de Dios, Iglesia con sus estructuras visibles y a veces pesadas, ¿cómo va a comportarse en ella él, con su proyecto y su fraternidad?

Lo que en primer lugar llama la atención, paradójicamente, es que Francisco, según el Prólogo de la Regla no bulada y según su Testamento, no recibe su inspiración primera de la Iglesia, sino del Señor mismo: «Nadie me mostraba qué debía hacer… el Altísimo mismo me reveló…» (Test 14). El Prólogo de la Regla no bulada y el Testamento concuerdan en el hecho de que es él, Francisco, quien, inspirado por Dios, concibe y compone su Regla, su proyecto de vida. Sólo a continuación se presenta ante Inocencio III para pedirle su aprobación: «Cuya concesión y confirmación pidió el hermano Francisco al señor Papa» (1 R Pról.; Test 15). Estos textos reivindican, pues, en primer lugar, la libertad individual. Francisco sabe que está inspirado por Dios, tiene esta convicción que jamás abandonará, y, sin embargo, siente la necesidad de presentarse ante la autoridad jerárquica -en este caso, ante la sede romana- para presentarle su forma de vida y obtener su juicio y su conformidad. Ni en el Testamento ni en la Regla aparecen huellas de tensión o de conflicto.

Al contrario, las dos Reglas muestran una firme voluntad de anclaje de la nueva fraternidad en la estructura fundamental de la Iglesia en su centro romano de unidad. En los dos textos Francisco se vincula por obediencia con respecto al papa, a sus sucesores canónicos y a la Iglesia de Roma, como un vasallo con respecto a su señor. En cuanto a los hermanos, están vinculados por obediencia a Francisco y a sus sucesores (1 R Pról.; 2 R 1,2-3). La Regla definitiva se cierra con la afirmación muy fuerte de este vínculo: «Siempre sumisos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia» (2 R 12,4). E indica la finalidad de esto: arraigo en la fe, para una mejor práctica del evangelio y de sus exigencias: «Para que… firmes en la fe católica, guardemos la pobreza y la humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo» (2 R 12,4).

Este recurso directo a la sede romana se explica en parte, ciertamente, por la situación geográfica y, sobre todo, por el papel cada vez más afirmado y centralizador del papado de la época. Hubo indudablemente una exigencia, si no una presión curial en este sentido. Pero también queda todo lo que precede como testimonio: Francisco debió captar intuitivamente el lugar que ocupa la Iglesia de Roma en el servicio de la unidad y de la universalidad católicas, y por esto recurre a ella con fe.

Ya hemos hablado de los obispos, de los sacerdotes, de los teólogos y de los religiosos. Baste subrayar aquí que Francisco, mientras les estaba sumiso y los rodeaba de reverencia, de honor e incluso de amor, sabía igualmente reivindicar la libertad para el carisma recibido de Dios. Si este carisma no es respetado, más que reivindicar o recurrir a protecciones o garantías, es preferible, conforme al evangelio (Mt 10,23), «marcharse a otra tierra a hacer penitencia con la bendición de Dios» (Test 26).

IV. FUNCIONES DE LA IGLESIA

Nos queda por ver cuáles son, según Francisco, las funciones de la Iglesia, aquello para lo que sirve, y que explica el porqué de su adhesión casi visceral a la institución y a sus ministros.

1. Iglesia – espacio de la fe y de la conversión evangélica (1 R 23)

De nuevo es el capítulo 23 de la Regla no bulada el que nos revela aquello que para Francisco es lo esencial del servicio de la Iglesia.

«Servir al Señor Dios en el seno de la santa Iglesia» quiere decir vivir «en la verdadera fe y penitencia» (1 R 23,7). La vida en la fe es manifiestamente para él la asimilación maravillada de la obra realizada por el «Padre santo y justo» en favor del hombre, como lo canta el comienzo de este mismo capítulo (1 R 23,1-4). La penitencia es la vida nueva, el cambio radical, el conocimiento y la adoración de Dios («que te conocieron y adoraron y te sirvieron en penitencia», se dice de los bienaventurados: 1 R 23,4), que se exigen a quienes se insertan en el plan de Dios inaugurando el mundo transfigurado. En las líneas que siguen (vv. 8-11), haciendo como una reducción a un punto único, Francisco repetirá siempre la misma exigencia: amemos a Dios, ninguna otra cosa deseemos sino a Él, adorémosle y sirvámosle en una explosión de alabanza. El corazón de la fe y de la vida de conversión es la realidad de Dios, inefable e incomprensible a la vez que infinitamente deleitable. Así es como yo interpreto estos versículos: ellos explicitan, mediante repeticiones y profundizaciones, lo que significa vivir en la verdadera fe y conversión en el seno de la Iglesia.

Vivir en Iglesia es vivir en primer lugar eso: la Iglesia sirve ante todo para esa exigencia, existe en función de ella. La Iglesia es el espacio en cuyo interior la inmensa muchedumbre humana es incesantemente llamada a lo único necesario que es Dios, que ha entrado en la historia en Jesús y por el Espíritu. Se ve hasta qué punto la visión que tiene Francisco de la Iglesia es de naturaleza mística. El Bien mayor del hombre es Dios, pero «en el seno de la santa Iglesia católica y apostólica» (1 R 23,7) es donde lo encontramos.

2. Iglesia – lugar de la presencia del Hijo de Dios

Lo que nos salva, dice Francisco, es el cuerpo y la sangre de Jesucristo, y también su Palabra («Nadie puede ser salvado sino por las santas palabras y la sangre de nuestro Señor Jesucristo», 2CtaF 34). Este cuerpo y esta sangre son las únicas realidades accesibles a los sentidos que nos hacen ver corporalmente al altísimo Hijo de Dios («Nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre», Test 10; un pasaje paralelo se encuentra en CtaCle 3, que añade: «…los nombres y las palabras, por los que hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la vida»). Ahora bien, ¿cómo recibir ese cuerpo y esa sangre, cómo escuchar la palabra de salvación, «espíritu y vida», sino en la Iglesia, por el ministerio de solos los sacerdotes, encargados de ese servicio? (3). La fe de Francisco en los sacerdotes, el respeto, la reverencia y el amor para con ellos, así como para con los teólogos, tienen ahí su raíz. Sabe que son ellos, los ministros ordenados y debidamente comisionados, quienes constituyen el armazón del cuerpo de la Iglesia, delimitando el lugar donde resuena la auténtica palabra de Dios y donde se ofrece a los creyentes el misterio sacramental de Cristo: su cuerpo y su sangre, así como la remisión de los pecados (por el bautismo: 1 R 16,7; por la penitencia sacramental: 1 R 20,4; 21,6; 2CtaF 22). Por eso, cualquiera que sea su condición moral, si permanecen católicos, siguen siendo siempre, y ellos solos, los garantes auténticos de esos bienes de salvación. A causa de ello, Francisco no quiere advertir sus pecados (Test 9), ni juzgarlos ni despreciarlos (Adm 26,2); Francisco no quiere oponerse a ellos ni predicar «al margen de su voluntad» (Test 7). Al contrario, ve en ellos a sus señores, y quiere permanecer en su comunión.

Esto, no por sus cualidades personales, sino por razón de su ministerio sagrado.

Su «clericalismo», si lo hay, se funda en la fe en el Hijo de Dios, a quien Francisco discierne tras la estructura ministerial de la Iglesia («porque descubro en ellos al Hijo de Dios», Test 9). Puesto que él se siente vinculado con todo su ser a ese Hijo de Dios y a su Evangelio, ¿dónde podría encontrarlo con mayor seguridad sino ahí?

3. Iglesia – criterio de la verdadera fe

En tiempo de Francisco, una de las grandes tentaciones de los movimientos evangélicos, Valdenses sobre todo, era rechazar como inútil, cuando no perjudicial, a la Iglesia-institución, con frecuencia escandalosamente infiel a las exigencias éticas del evangelio. Francisco defiende la tendencia contraria, como ya hemos indicado al hablar de los sacerdotes. Se profesa católico; quiere que sus hermanos y su orden se arraiguen en la fe: «firmes en la fe católica» (2 R 12,4). El criterio de la verdadera fe lo constituye el hecho de la adhesión a la Iglesia católica y romana. «Todos los hermanos sean católicos, vivan y hablen católicamente», y no se aparten «de la fe y vida católica»; si esto sucediera, serán expulsados absolutamente de la fraternidad (1 R 19,1-2). Por esta razón, antes de admitirlos en ella, se acatarán las formas y las instituciones de la Iglesia («Nadie sea recibido contra la forma e institución de la santa Iglesia», 1 R 2,12) y se estará seguros, mediante un examen, de su fe católica y de su actitud respecto a los sacramentos de la Iglesia (2 R 2,2). El mismo apremio va dirigido a los destinatarios de la Carta a los fieles («debemos… ser católicos»: 2CtaF 32).

Esta insistencia, que uno sentiría la tentación de atribuirla a las influencias si no a las exigencias de la Curia, es, sin embargo, muy personal de Francisco; la encontramos reafirmada hasta con dureza en su escrito menos dependiente de los demás: el Testamento. Los hermanos «que no son católicos» serán tratados como prisioneros y puestos en manos del cardenal protector (Test 31-33).

Con respecto a los sacerdotes, la única exigencia que plantea Francisco es la de que sean católicos (1 R 20,2), que vivan «según la forma de la Iglesia romana» (Adm 26,1; Test 6), lo que, dado el contexto de entonces, designa la ortodoxia de la fe y no la ortopraxis de la vida. Una tal actitud parece extraña; sin embargo, testifica la importancia que Francisco daba a la autenticidad de la fe; importancia que, en este caso, era mayor que la que concedía a la conducta. Hay que reconocer que es una paradoja en un hombre a quien la vida evangélica le importaba más que todo.

Francisco pensaba sin duda, como lo dice el final de la Regla bulada (2 R 12,4), que la sumisión a la Iglesia y la firmeza en fa fe eran, en definitiva y a largo plazo, la mejor garantía de la fidelidad práctica al Evangelio.

4. Iglesia – norma de conducta

Llama la atención la insistencia de Francisco sobre la conformidad práctica con las exigencias disciplinares de la Iglesia.

Cuando escribe a los clérigos, les recuerda que deben, en lo que concierne a la custodia del cuerpo de Cristo, respetar «las prescripciones de la santa madre Iglesia» (CtaCle 13). A los custodios les ruega Francisco que adviertan a esos mismos clérigos que están obligados a ello, «según el mandato de la Iglesia» (1CtaCus 4). En sus Reglas apela, para apoyar su propia autoridad, al «mandato del señor papa» que prohíbe a los hermanos abandonar la fraternidad después de haber sido recibidos a la obediencia (1 R 2,10; 2 R 2,12). La admisión de los hermanos no deberá hacerse «contra la forma e institución de la santa Iglesia» (1 R 2,12), es decir, la admisión debe ser conforme a las reglas canónicas en vigor. La misma exigencia afecta también a los predicadores: «Ningún hermano predique contra la forma e institución de la santa Iglesia» (1 R 17,1). Según la Regla definitiva, también la celebración de la oración comunitaria se hará «según la ordenación de la santa Iglesia romana» (2 R 3,1), lo mismo que la eucaristía única diaria: «Celébrese sólo una misa cada día según la forma de la santa Iglesia» (CtaO 30). Y cuando los hermanos descuidan estas recomendaciones: rezar el oficio según la Regla y «devotamente» (CtaO 39-42); no cambiar nada en el mismo («que no cumplen con el oficio según la Regla y quieren variarlo de otro modo», Test 31), Francisco se rebela vigorosamente, casi con cólera, contra semejante comportamiento. Ya no tiene a tales hermanos por católicos ni por hermanos suyos, rehúsa verlos (CtaO 44) y manda que se les trate como a verdaderos prisioneros (Test 31-33). Y esto, en sus textos más personales, en los que no puede darse por supuesta ninguna influencia exterior (Curia, ministros).

Pero Francisco, a la vez que exige una obediencia escrupulosa a las prescripciones de la Iglesia, se rebela contra toda petición de privilegios a la Curia romana, sea en favor de una iglesia, sea para favorecer la predicación, sea para protegerse contra la oposición de los obispos o de los clérigos (Test 25).

En una palabra, Francisco no discute la disciplina de la Iglesia; se conforma a ella con una aplicación fiel y casi legalista: el Testamento prohíbe «variar de algún modo» la oración litúrgica del oficio (Test 31). Esto nos sorprende en un hombre a quien nos gusta llamar carismático y libre. Pero, sin duda, su actitud se apoya fundamentalmente en la fe profunda en la Iglesia, que llega hasta la aceptación de las estructuras, de las leyes y de las debilidades de esta Iglesia.

V. CONCLUSIONES

Al final de estos análisis, me parece que deben subrayarse tres puntos: un sentido vivo y profundo de la Iglesia, en Francisco; una actitud positiva, no polémica; la síntesis entre el carisma y la autoridad.

1. Una de las satisfacciones del exegeta y del teólogo es descubrir en los escritos, no muchos, de un «simple e idiota» una visión tan rica y tan profunda de las grandes realidades de la fe cristiana. Así, en lo que se refiere a la Iglesia, Francisco ha captado, con gran precisión, su ser teologal: su enraizamiento trinitario y su estructura de pueblo de Dios, sin, por ello, olvidar o descuidar sus articulaciones institucionales. Él sujeta bien los dos extremos de la cadena: mientras experimenta a veces el peso pesado de la Iglesia carnal (esto se lee entre líneas), se adhiere con toda su alma a la Iglesia que lleva en sí al Hijo de Dios y su evangelio.

2. En un siglo en el que los ataques, no sin fundamento, contra la Iglesia eran moneda corriente, sorprende el no encontrar en los escritos de Francisco la menor huella de tales ataques. La recomendación general del cap. 11 de la Regla no bulada, 1-3: «Guárdense todos los hermanos de calumniar y de contender de palabra; más bien, empéñense en callar… Ni litiguen entre sí ni con otros, sino procuren responder humildemente diciendo: Soy un siervo inútil…», se aplica también a la Iglesia y explica el «nadie debe juzgarlos», «¡ay de aquellos que los desprecian!», de la Admonición 26,2, sobre el honor debido a los clérigos. Y si no hay ninguna nota crítica o polémica contra la Iglesia, tampoco la hay ni contra los herejes, de los que nunca se trata directamente en los escritos, ni contra los infieles, con respecto a los cuales se recomienda una actitud de sumisión, de no agresión (1 R 16,6).

3. Por último, Francisco, lo hemos señalado ya más arriba, estaba convencido de que su inspiración y su vocación a la vida evangélica provenían de Dios solo (Test 14). Francisco se empeñó en permanecer fiel a su proyecto inicial, y el estudio sereno de las dos Reglas y del Testamento confirma la permanencia sustancial de ese proyecto a pesar de sus crecimientos y de sus evoluciones. Sería, pues, un error hablar de los cambios radicales que la Iglesia-institución habría introducido en el evangelismo de Francisco. Los escritos muestran, por el contrario, que Francisco recibe de la Iglesia comprensión y apoyo. Si hubo conflicto -o presiones morales-, eso no aparece en los textos. Si es verdad, por otra parte, que el proyecto trazado por las Reglas no sobrevivió íntegramente a la muerte de Francisco, ello es debido a la evolución interna de la Orden misma más que a la influencia de la Iglesia. Pero esta es otra historia.

Si, pues, Francisco permanece firme tanto en su carisma como en su adhesión a la Iglesia, es que para él no hubo -no podía haberlo- conflicto grave entre la exigencia personal de Dios con respecto a él y las estructuras institucionales de la Iglesia.

Conocía de cerca la situación decadente del clero, el poder secular y las riquezas de los prelados, el cristianismo superficial de las masas, la violencia de la contestación herética. También eso era la Iglesia. Pero su visión de la realidad iba más lejos, era más profunda: en la «santa madre Iglesia» (CtaCle 13), Francisco veía el lugar de la presencia misma de Dios, de Cristo, de su evangelio, de sus sacramentos.

Esta Iglesia, a la que él saluda, como lo hace al tratarse de María, con los títulos de Señora y Reina, es, como la misma Virgen: palacio, tabernáculo, casa, vestidura, esclava de Dios. ¿Cómo, entonces, no sentirse seguro en ella?

Notas:

1) Un texto característico del historiador francés Jacques Le Goff: «Francisco aceptó esta Regla deformada con lágrimas de sangre», en François d’Assise, en 2.000 ans de christianisme, tomo III, París 1975, p. 204.

2) Para el estudio del vocabulario me apoyo en J.-F. Godet – G. Mailleux, Opuscula sancti Francisci, Scripta sanctae Clarae. Concordances, Index, Listes de fréquence, Tables comparatives (Corpus des Sources Franciscaines, V). Lovaina, Cetedoc, 1976.

3) La insistencia en el solos los sacerdotes, que apunta a los abusos de los herejes (sacramentos administrados por laicos), es frecuente en los escritos de Francisco: Adm 26,4: «y ellos solos administran a los otros»; 2CtaF 35: «sólo ellos deben administrarlos y no otros»; Test 10: «y solos ellos administran a los otros»; 1 R 20,4: «sólo a los sacerdotes se les ha concedido el poder de atar y desatar».

Thaddée Matura, O.F.M., La Iglesia en los escritos de Francisco de Asís, en Selecciones de Franciscanismo, vol. XIV, n. 40 (1985) 27-44.