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La Iglesia en el pensamiento de San Francisco

Llorando amargas lágrimas por el tiempo perdido en vanidades mundanas y angustiado por la incertidumbre de lo que haría, el joven Francisco, convaleciente de una gravísima enfermedad, asqueado del mundo, vivía días y más días en la soledad después de su regreso a Asís. ¿Qué sería de él? ¿Qué haría? No tenía director espiritual que le indicase el camino, ni había quién lo pudiese aconsejar. Un día, estando en una de sus excursiones solitarias, pasó por la iglesia de San Damián. ¡Cuántas veces había orado allí! Sintió ímpetu de entrar. Postróse a los pies del admirable crucifijo que allí había y oró largamente. Sus antiguos biógrafos transmitirían en la siguiente formulación el contenido de la insistente plegaria del joven: «Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y verdadero mandamiento» (OrSD). La oración del joven fue ciertamente más larga, de manera que no estuvo cristalizada en una formulación tan pulida y concisa. Sin embargo, las palabras transcritas traducen lo que es la mente de San Francisco, si no en la verdad histórica perfecta del instante mencionado, al menos tal como desde entonces se desarrolló hasta llegar a la perfección que se expresa en las fórmulas que él mismo redactó. Lo que ciertamente sí había en la voluntad del joven, allí delante del crucifijo de San Damián, era saber la voluntad de su Dios. Y oyó maravillado estas palabras de Cristo: «Francisco, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo» (2 Cel 10; LM 2,1). El joven se levantó y puso sus manos a la obra.

¿Cómo interpretaría lo que había oído? Allí tenía, delante de sí, una iglesita que amenazaba ruina. ¿Sería la casa de que hablaba Jesús? No lo pensó mucho y la reconstruyó; luego la iglesita de San Pablo y, una tercera, la de la Porciúncula, que vino a ser la de su predilección, el lugar en donde recibió incontables favores divinos.

Entre tanto se le fueron juntando los discípulos y, en las experiencias sobrenaturales de la más aquilatada mística con que Dios le favorecía, comprendió pronto que estaba destinado a restaurar no la iglesia de piedra y cal, sino el Cuerpo Místico de Cristo. San Francisco fue uno de esos hombres que Dios envía de cuando en cuando para volver a enfervorizar a los fieles en la tierra, para enriquecer a la santa Iglesia con nuevos miembros y con muchos santos heroicos y extraordinarios. Pocos de los reformadores llamados por el mismo Cristo fueron dirigidos tan directa y originalmente por Dios. Pocos tuvieron tan grande repercusión, influencia tan vasta, actividad tan católica como San Francisco.

Esta misión de ser el apoyo de la Iglesia católica, una de las columnas sobre las cuales reposa este edificio imperecedero, misión revelada ante el crucifijo de San Damián (2 Cel 10) y evidenciada en el sueño del Papa Inocencio III (LM 3,10), hizo de San Francisco el Vir catholicus et totus apostolicus, el «varón católico y del todo apostólico» que en él admira y venera el orbe católico. Toda su alma y todas sus energías las consagró a la obra para la cual había sido enviado. Con valentía y consagración caballeresca, con clarividencia singular y con amor ardiente, emprendió y llevó adelante la misión recibida. Como brioso y temerario caballero batalló sin tregua los veinte años de vida que aún le quedaban, y dejó en pos de sí incontables multitudes que continuaron este combate en el mismo sentido en que por orden divina él lo había iniciado. Denuedo y caballerosidad caracterizan a todos los verdaderos franciscanos que, imitando al santo Fundador, se transformarán en otras tantas columnas de la Iglesia, en otros tantos que merecen también el título de Vir catholicus et totus apostolicus. No hay empresa arriesgada, difícil y aparentemente falta de gloria en la Iglesia, en la cual no se encuentren estos caballeros de pardo sayal, con la lanza de la ciencia y el incendio del amor en acción, terciando sus armas con toda clase de enemigos, sin aspavientos, sin bulla, sin alarmas atronadoras, sino con perseverancia y con la valentía que sacan del ideal caballeroso sobrenatural al que se afiliaron.

Para San Francisco la Iglesia es ante todo la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia de su Rey y Señor, de aquel a quien había jurado fidelidad, a quien se había consagrado como caballero, por quien ardía en amor desmedido, de quien se convertiría en viva y admirable imagen mediante la crucifixión. No era sólo la casa de Cristo, el palacio, la morada de su Rey, ni solamente tampoco el templo de Dios, sino la Esposa de Cristo, los ramos de la vida del Cristo Místico, el Cristo total, una segunda persona mística de Cristo. Cristo mismo, el Rey, es la cabeza, parte esencial y principal de la Iglesia. María, la Reina, también pertenece a ella, injertada de manera profundísima y funcionalmente esencial. El propio Dios, la Santísima Trinidad, está ahí como gracia increada, para vivificar este vastísimo organismo. La Iglesia es todo lo que estimula el amor y desafía a la consagración. ¿Podría el caballero de Cristo medir su consagración, su amor, su fidelidad? ¿Podría temer dificultades? ¿Podría rechazar aún la muerte? Si lo hiciese, no sería caballero, no sería San Francisco.

Ante todo juró obediencia sincera e inquebrantable, absoluta y completa a esta Iglesia (2 R 1,2). En la Iglesia hay quien representa legítimamente a Cristo: el Papa, los obispos, toda la jerarquía eclesiástica legítimamente constituida. San Francisco juró que no se apartaría, por poco que fuese, de las directivas emanadas de esta fuente. Promisit obedientiam (1 R Pról. 3; 2 R 1,2), prometió la obediencia caballerosa, firme, generosa y total que le caracterizó y que caracteriza su ideal. Dentro de este espíritu de obediencia le bastaban la aprobación y la orden del Papa para emprender lo que fuera, realizarlo todo, dejarlo todo, tomarlo todo. De esta suerte se iba trazando en sus mínimos detalles el camino que habría de seguir a lo largo de su vida.

El enemigo por combatir estaba ante todo en el propio corazón: vencer y dominar completamente todas las tendencias de la falsa autonomía, de errada aspiración a la libertad, de reserva injustificada ante la autoridad. «Falsa, errada, injustificada», pues si San Francisco hablaba de una obediencia ciega (EP 48), no habló menos de una obediencia prudente (Adm 3), y nunca fue partidario de una obediencia idiota. Sabía que obedecer verdaderamente consiste a veces en la imposición desagradable y penosa de hacer frente a quien manda contra Dios. Y sabía distinguir entre la voluntad de Dios y su propia voluntad.

El espíritu de obediencia hizo que combatiese sin tregua, tanto en sí como en los otros, el perniciosísimo espíritu de herejía tan fecundo y pujante que avanzaba en su época. Entendía que toda herejía, por herir en su raíz más profunda a la unión con la Iglesia, porque hiere la fe, era abominable, el peor y el más peligroso enemigo, el más hediondo pecado, la más negra infidelidad: la traición. Y en cuanto vivió, la combatió con todo el ardor de su alma fervorosa. Por eso no es de admirar que para la admisión en la Orden prescriba un examen diligente «sobre la fe católica y los sacramentos de la Iglesia. Y si creen todo esto, y quieren profesarlo fielmente, y guardarlo firmemente hasta el fin… díganles la palabra del santo Evangelio…» (2 R 2,2-5). También en su Testamento manifiesta sus preocupaciones respecto de la verdadera fe (Test 31). Revela así que tuvo una valoración justa de las cosas, dando a la pureza de la fe el lugar de primacía que le conviene en una espiritualidad de amor.

Coherentemente odiaba también el cisma, que hiere la unidad y postra en triste degradación y muerte a los miembros de Cristo. San Francisco hizo de sus hermanos los siempre prontos mensajeros y abogados de la unión. La Iglesia Romana tuvo siempre en los franciscanos a los más ardorosos, diligentes y prudentes caballeros de la unión de los disidentes. En todas partes y en todos los siglos, desde la fundación de la Orden. No fueron siempre ellos los que estuvieron visibles a la luz del triunfo en las grandes festividades con ocasión de las «uniones», pero sí fueron los que soportaron el pondus diei et aestus, el peso del día y el calor (Mt 20,12).

En la vida de San Francisco se encuentran innumerables pruebas de su consagración a la Iglesia de Cristo. Inmenso fue el ardor con que trabajó por ella, con que la defendió, con que la propagaba. El Vir catholicus et totus apostolicus, en la faena cotidiana, en el trabajo con el cual pulió el diamante de su alma hasta llegar a ser lo que fue, el fulgor de la santidad católica; en el empeño con que trabajó las almas de todos los que Jesús le enviaba como discípulos; en la consagración con que trabajó las almas de muchos millares que se cruzaron en sus caminos, de muchos con quienes se encontraba en los viajes y hospederías, de muchos a los cuales se dirigía incansable en su predicación simple pero irresistible; en todo esto dio prueba de cómo no tenía reserva en su consagración a la Iglesia. Nada omitía en su vida ni en la de sus hijos, y un solo deseo le animaba: dar a Cristo la prueba suprema del amor, derramando la sangre por la propagación de la fe. Inútilmente lo intentó en tierra musulmana (1 Cel 55-57). Dios no le quería mártir en tierra infiel, pues le había destinado a ser mártir de amor para que derramara la sangre gota a gota, en la dolorosa y mística crucifixión que duró dos años, los dos que vivió con los clavos de la cruz de Cristo en carne viva y con el costado abierto por la lanzada que le asestó el serafín del Alverna.

En su consagración a la Iglesia la nota más característica es la fidelidad inquebrantable a todo lo que procedía de esta misma Iglesia. Muchos otros hubo en la época de San Francisco que se dedicaron con inmenso ardor a la predicación y a la penitencia, a la conversión de multitudes, a la reforma de las costumbres. La Iglesia miraba con desconfianza estos movimientos, porque los veía degenerar rápidamente en las más perniciosas y peligrosas herejías. El fuego que allí ardía no era el del amor de Dios, sino el de las pasiones incontenidas. La Iglesia contemplaba esto y se compadecía de los millares y millares de almas ilusionadas o engañadas por una santidad aparente o una doctrina falsa. San Francisco, con la fidelidad que había jurado a la Iglesia, a pesar de la fuerte originalidad de la obra que había emprendido, no obstante el movimiento inmenso que había desencadenado, a pesar de los excesos de consagración y trabajo que practicaba, a pesar de los ardores de su alma, no se apartó una línea de la verdadera fe y de la verdadera Iglesia. La fidelidad caballerosa, tal como la había jurado a los pies del Pontífice Romano, la conservó sin mancha y sin quebranto hasta su último suspiro en la Porciúncula.

¡Y de cuánto amor está saturada esta consagración, este trabajo, esta fidelidad! Serafín de Asís es el nombre que se le dio al santo, todo amor, todo ardor, todo calor. ¿Podría acaso haber emprendido el trabajo de su vida, este trabajo en pro de la Iglesia, con la frialdad de un trabajo aborrecido y abyecto, del cual se huye con tedio durante las horas de trabajo y del que se pasa a una ocupación más amena tan pronto como termina la obligación? No. Sin consagración interna y sin el amor más entrañable no es posible hacer lo que hizo San Francisco. Tuvo un solo deseo y un solo pensamiento: servir a su Dios, a su Cristo, a su Reina, por medio del trabajo incansable en favor de la Iglesia. Todo su interés, todo su ardor, toda su vida se concentraba en este empeño: trabajar por las almas y para la Iglesia. Otra pretensión no hubo en él. Todo lo subordinó a esto, para esto hizo de su Orden esta mezcla de actividad y contemplación que a tantos de sus hijos, faltos de su envergadura espiritual y de su fuerza de armonización, ha causado serias dificultades. No descansó sino para trabajar mejor, no se santificó sino para atraer las bendiciones de Dios sobre su trabajo, no practicó virtudes sino para atraer las bendiciones que conducen a Dios, sabiendo que el mejor método de apostolado es el del buen ejemplo. Y trilló sinceramente el camino de la más rigurosa ascesis, de la más alta mística, siempre con los ojos vueltos al provecho de la Iglesia, ya que esta es la forma como amaba y glorificaba a Dios.

Por eso realizó con el ardor de una pasión abrasadora y absorbente esta misión católica. Porque realmente católica era su misión. Entre los innumerables sectores de la Iglesia, no había uno al cual no se extendiesen su intento, su interés, su anhelo, su celo, su cuidado, su amor y su trabajo. Y en esta forma orientó la Orden por él fundada. Desde la predicación en las aldeas y ciudades de las tierras cristianas, desde la actividad en el altar sagrado y recóndito de los eremitorios, las misiones exteriores entre los paganos, todo era campo de trabajo para San Francisco. Todo, católicamente todo. Su misión era trabajar por la Iglesia Católica, con la Iglesia Católica, en la Iglesia Católica. Y trabajar católicamente, en todos los sectores, en todos los puntos, sin escoger, dejando a la Providencia que le colocara en donde fuera preciso, obediente siempre a las órdenes que le daba la propia Iglesia. Y, como San Francisco, así fue también la Orden. Una tarea inmensa para ser cumplida en el alma de cada cual y en las obras que la Iglesia confía a los hijos del Poverello.

Quien comprende la consagración de San Francisco a la Iglesia, comprende sin dificultad el amor inflamado que tenía a la Sede Apostólica, al Romano Pontífice (1 R Pról 3; 2 R 1,2). Nunca ha habido nadie que tuviera tanta devoción a la persona sagrada y al oficio sublime del Papa y de la Sede Apostólica. San Francisco, con sus ojos perspicaces y singularmente iluminados por la fe, veía claramente allí a Cristo, vivo y verdadero, gobernando la navecilla que había confiado a las olas encrespadas del mar de este mundo. Veía cómo la mano trémula del Papa en el timón de la Iglesia estaba envuelta en la mano firme y poderosa de Cristo. Y sentía profundísima devoción en su pecho hacia todo lo que se relacionaba con el Papa y con la Sede Romana. Respetaba y acataba incondicionalmente al Papa en todo y en todas partes. Procuraba infundir en todos este mismo respeto, esta misma devoción. Obediencia inmediata a las órdenes que venían de Roma y sujeción al Papa en todo por más que le costase. El amor al Papa era igual al que profesaba a la Iglesia.

Para que esta devoción, este respeto, esta obediencia y este amor tuviesen un punto concreto y visible de referencia, pidió al Papa que le diese uno de los cardenales para que fuese el protector de la Orden (2 R 12). Competencia de este cardenal sería sobre todo el oficio de cuidar que la Orden permaneciese siempre sujeta a los pies de la Iglesia Romana, sin que nunca se apartase ni en lo más mínimo de los trámites y directivas que proviniesen de ella.

El amor y la consagración le dictaron las normas trazadas a su Orden, de conformarse en todo a la Iglesia Romana. De esta manera San Francisco vino a ser el principal agente de la propagación del rito romano por todo el orbe católico, dándole a la santa Iglesia esta otra unidad admirable y nunca suficientemente bien apreciada en el culto visible, en los ritos y ceremonias. No solamente en las cosas obligatorias quería conformarse con Roma, sino que además exhortaba a que se acatasen también las insinuaciones de menor categoría, a fin de que todos, por el Papa y en la acción del Papa, se convirtiesen en una unidad perfecta en Cristo Jesús.

Todo esto hizo también que tuviera una devoción tierna y especialísima a los Apóstoles, particularmente a San Pedro y San Pablo. Magnánima como era su caballerosidad, fue también generoso en esta devoción, aumentando así por todas partes la consagración a la Sede Romana y al Papa: San Pedro y San Pablo lo llevaban siempre directamente al Papa.

Son estas las mismas razones por las cuales y en su medida proporcional San Francisco cultivaba esta devoción, este respeto, la obediencia y, más que todo, el amor y la consagración, a los obispos y demás clérigos de la santa Iglesia Romana (2 R 9; Test 6-10; TestS 5; Adm 26). Infundió en sus discípulos un respeto y acatamiento especial al clero de la Iglesia y declaró que la razón de ser de su Orden es simplemente la de auxiliar a los obispos y clérigos en todo lo que emprendiesen por ella (EP 54). En aquel tiempo, en que nadie tenía necesidad de licencia de los obispos para la predicación, San Francisco prohibió terminantemente que sus frailes predicasen en lugar alguno donde el obispo, justa o injustamente, lo hubiese prohibido (2 R 9) y les exigió que siempre se presentaran primero al obispo diocesano y que le pidiesen licencia como los hijos a su padre, con amor y confianza, con consagración y celo. Dio el ejemplo de este respeto y también el de no desanimarse ante la primera negativa, sino volver a pedir, tal como el hijo que vuelve de nuevo al padre, por más que este le niegue lo que pide. Insistencia nada arrogante ni llena de exigencias, sino filial, humilde y delicada (LM 6,8).

Y quería que los suyos respetasen a Cristo y a la Iglesia aun en los más humildes sacerdotes, aunque fuesen pecadores. Solamente ponía una condición: que fuesen clérigos según la forma de la Santa Iglesia Romana (Test 6). Y cuenta la historia con cuánto fruto para las almas los discípulos del Serafín de Asís practicaron este respeto y con cuanta consagración se dedicaron a su humilde y ardua misión de auxiliar denodada y desinteresadamente al clero de la Iglesia. En donde los frailes menores, en vez de servir quisieron ser señores, apoderándose de posiciones y de honras, su actividad se volvía rápidamente menos fecunda, hasta esterilizarse por completo. La Orden puede y debe trabajar, esa es su razón de ser, solamente en posición humilde al servicio del clero (LM 6,5). Donde las condiciones exijan otra cosa y en cuanto esas condiciones lo exijan, obedientes a Roma, los hijos de San Francisco asumirán otros puestos y otros trabajos. Cédanlos, pues, generosamente, una vez que el clero secular pueda entrar a ejercer con fruto y suficiencia su misión. «Dios nos ha llamado -decía Francisco- para ayuda de su fe y de los clérigos y prelados de la santa Iglesia. Por tanto, estamos obligados a amarlos cuanto podamos, a honrarlos y a respetarlos» (EP 10).

San Francisco en su clarividencia y en su fe extendía este amor y esta consagración al Cuerpo de Cristo aun a los edificios de cal y piedra, los cuales, además de servir al culto, están también consagrados y son símbolos de la Iglesia viva. Veneraba las iglesitas y capillas más humildes y siempre veía en ellas la figura de Cristo Místico (Test 4-5). Mayor era su veneración cuando tenían la altísima e inapreciable ventura de conservar al amparo de sus muros el cuerpo sacramental de Cristo: «Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero…», ésta era su oración en todas partes, con humildad, con fe, con celo y con amor (Test 5). De manera profunda respetaba estas casas de Dios y no permitía en ellas ningún irrespeto. Lo que más le hería el corazón era verlas abandonadas y descuidadas. Uno de los instrumentos obligatorios de su apostolado era la escoba para limpiar las iglesias de los lugares a donde llegaba (CtaCle; LP 60). Luego iniciaba confiadamente la empresa más difícil y más seria de limpiar y adornar debidamente las almas, templos espirituales del Señor Jesús. Con extremo cuidado se empeñaba para que las iglesias estuviesen en buenas condiciones. Ningún trabajo, ningún cuidado rehuía para alcanzar esta meta. Con amor venturoso besaba las piedras de los templos, que simbolizaban las piedras vivas y espirituales del Cuerpo Místico. Amaba sobre todo las iglesias pobres y pequeñitas porque en ellas veía mejor la pobreza que Cristo tanto amó y que quiso que fuera la riqueza de su Cuerpo Místico en esta tierra. Pero por lo mismo se regocijaba también con las grandes catedrales, pues en ellas veía la magnificencia y la majestad de su Rey.

Si tanto trabajó por la catolicidad y si tanto se empeñó para que todos fuesen católicos, no es de admirar que hubiese consagrado un celo especialísimo a la verdadera catolicidad de su Orden. Ante todo cuidó de que fuese aprobada en Roma (1 Cel 32-33, LM 3,8-10). Se fiaba ciegamente de la palabra del Papa. De hecho, es extraño que la aprobación de la Regla en 1209 haya sido solamente oral, siendo así que estas cosas se hacían en la Curia con las debidas formalidades escritas. Pero ¿qué necesidad tenía San Francisco de escritos, cuando el Papa había empeñado su palabra? En cuanto a los individuos que pretendían ser admitidos en la Orden, el primero y principal cuidado, la condición más importante era de que fuesen verdadera y sinceramente católicos (2 R 2,2-3). De no ser así no los admitía. Respecto a los ya admitidos, quería que se conservasen toda la vida en fidelidad extrema a la Iglesia Romana, sin sombra de resistencia o disidencia (Test 31). Dondequiera que notaba que uno de los hermanos no se portaba plenamente según la norma de la Santa Iglesia Romana, indignábase y lo expulsaba de la Orden, después de intentar disuadirlo de sus errores. Quería que también fuese católica la obra de su Orden: nada de estrecheces, nada de restricciones, nada de consagración a medias, nada de reservas, sobre todo nada de riñas y desavenencias con el clero secular y regular (EP 50.54). Dondequiera que no admitiesen a los suyos o su trabajo, que fueran a otra parte para hacer allí penitencia y trabajar por la Iglesia (Test 26). Quería que todos los hermanos tuviesen una mentalidad generosa y católica y que de esta mentalidad derivasen sus pensamientos, sus afectos, sus obras, sus empresas. Nada detestaba más que el espíritu no católico, y temía terriblemente que penetrase en sus hijos el espíritu de la herejía o del cisma.

El capítulo 19 de la primitiva redacción de la Regla dice así: «Todos los hermanos sean católicos, vivan y hablen católicamente. Pero, si alguno se aparta de la fe y vida católica en dichos o en obras y no se enmienda, sea expulsado absolutamente de nuestra fraternidad. Y tengamos a todos los clérigos y a todos los religiosos por señores en las cosas que miran a la salud del alma y que no se desvían de nuestra Religión; y veneremos en el Señor su orden y oficio y su ministerio» (1 R 19). Es este el espíritu de San Francisco, es esta su alma. Palabras simples y sencillas, aparentemente ingenuas. Pero inténtese llevar a la práctica lo que en ellas está escrito y se percibirá de inmediato la inmensa virtud que esto exige, la inmensa amplitud que engendra en el alma, la verdadera y profunda catolicidad que lleva a todo: pensamiento, palabra y obra.

Constantino Koser, O.F.M., La Iglesia en el pensamiento de San Francisco, en Ídem, El pensamiento franciscano. Madrid, Ediciones Marova, 1972, pp. 89-101.