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La Iglesia Católica

LA IGLESIA CATÓLICA

De la «Leyenda de los tres compañeros», 46-52

Viendo el bienaventurado Francisco que el Señor aumentaba el número de los hermanos y los hacía crecer en méritos y que eran ya doce varones perfectísimos con un mismo sentir, dijo a los otros once: «Veo, hermanos, que quiere el Señor aumentar misericordiosamente nuestra congregación. Vayamos, pues, a nuestra santa madre la Iglesia de Roma y manifestemos al sumo pontífice lo que el Señor empieza a hacer por nosotros, para que de voluntad y mandato suyo prosigamos lo comenzado». Agradó a los otros hermanos lo que proponía el Padre (…).

Al llegar a Roma se encontraron allí con el obispo de la ciudad de Asís. Éste los recibió con mucha alegría, pues veneraba con particular afecto al bienaventurado Francisco y a todos los hermanos… Enterado del motivo de su venida y de lo que se proponían conseguir, su gozo fue mayor y les prometió consejo y ayuda para su empeño.

Este señor obispo era conocido de un cardenal, obispo de Santa Sabina, que se llamaba Juan de San Pablo, varón lleno de gracia de Dios y muy amante de los siervos de Dios. El mencionado obispo había hablado al cardenal de la vida del bienaventurado Francisco y de sus hermanos, y estas noticias habían hecho nacer en el cardenal el deseo de ver al varón de Dios y a algunos de sus hermanos. Así que, cuando se enteró de que estaban en la Urbe, mandó llamarlos y los recibió con gran veneración y amor.

Durante los pocos días que estuvieron con él quedó tan edificado de sus palabras y ejemplos, que, viendo que sus obras eran fiel trasunto de lo que le habían contado, se encomendó a sus oraciones humilde y devotamente y les pidió por gracia especial que lo contaran desde entonces como uno de los hermanos. Luego preguntó al bienaventurado Francisco por el motivo de su venida y, cuando hubo escuchado de sus labios lo que intentaba y deseaba, se ofreció a hacer de procurador suyo en la curia.

Fue, pues, a la curia el dicho cardenal y expuso al señor papa Inocencio III: «He encontrado un varón perfectísimo que quiere vivir según la forma del santo Evangelio y guardar en todo la perfección evangélica, y creo que el Señor quiere reformar por su medio la fe de la santa Iglesia en todo el mundo».

Oyendo esto el papa, quedó muy admirado, y mandó al señor cardenal que trajera al bienaventurado Francisco a su presencia.

Al día siguiente fue presentado el varón de Dios por el señor cardenal al sumo pontífice, y Francisco le expuso todos sus santos propósitos. El sumo pontífice, dotado de singular discreción, accedió en la forma debida a los deseos del Santo, y, exhortando a éste y a sus hermanos acerca de muchas cosas, les dio la bendición y les dijo: «Id con Dios, hermanos, y predicad a todos la penitencia, como Él se dignare inspiraros. Y cuando Dios todopoderoso os aumente en número y gracia, comunicádnoslo, y Nos os concederemos más cosas y con mayor seguridad os encomendaremos otras más importantes». (…)

Obtenida esta concesión, el bienaventurado Francisco dio gracias a Dios y, puesto de rodillas, prometió humilde y devotamente al señor papa obediencia y reverencia.