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CRISTO, PRESENTE EN SU IGLESIA

La promesa de Cristo: «Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20), la ve realizada Francisco de varias maneras: ante todo en el misterio eucarístico, después en el gobierno y en el magisterio de la jerarquía, finalmente en todo el pueblo de Dios.

EL MISTERIO DEL CUERPO
Y SANGRE DEL SEÑOR
[1]

La época de san Francisco señala el momento del gran descenso de la práctica de la comunión eucarística, debido a un complejo de causas históricas: pérdida progresiva del sentido comunitario de la misa; sentimiento de indignidad del cristiano de la Edad Media, pecador y creyente; desarrollo de la casuística penitencial, que hizo cada vez más complicada la reconciliación que debía preceder a la participación eucarística. El mismo san Francisco hubo de contentarse con comulgar muy de tarde en tarde. La Regla de santa Clara establece solamente siete días de comunión: las siete festividades más importantes (RCl 3,14). El «Memorial» de 1221 para la Orden de la Penitencia imponía tres días de comunión al año: Navidad, Resurrección y Pentecostés.[2] Eran las «tres Pascuas» que habían quedado obligatorias para todos los fieles desde que, cuatro siglos atrás, desapareció el uso de la comunión cada domingo, normal en los primeros siglos.

El Concilio IV de Letrán, 1215, redujo finalmente esa obligación al mínimo de la comunión en tiempo de Pascua, pero al mismo tiempo se preocupó de reavivar la fe en la presencia real, emanando disposiciones contra los abusos en el culto eucarístico, ocasionados sobre todo por el descuido del clero.[3] Una bula de Honorio III, de 22 de noviembre de 1219, daba normas más precisas sobre todo lo concerniente a la veneración de las especies sacramentales.[4]

Francisco se hallaba entonces en Oriente. Al regreso se sintió llamado a hacer como de portavoz de los «preceptos de la santa madre Iglesia»,[5] que respondían a una de las angustias más acuciantes de su espíritu. En efecto, entre las gracias que reconoce, en el Testamento, haber recibido de Dios luego de la conversión, enumera la fe en los sacerdotes y en la presencia eucarística de Cristo. Su amor no le consentía verlo relegado a lugares indignos, en iglesias sucias y abandonadas: «En los primeros tiempos, cuando recorría las aldeas, llevaba consigo una escoba para barrer las iglesias. Sufría grandemente al entrar en una iglesia y verla sucia. Por eso, cuando terminaba la predicación al pueblo, reunía a todos los sacerdotes del lugar en un sitio apartado, para no ser oído por los seglares. Les hablaba de la salvación de las almas y, sobre todo, les inculcaba el cuidado y la diligencia que debían poner para que estuvieran limpias las iglesias, los altares y todo lo que sirve para la celebración de los divinos misterios» (LP 60).

Hacia el año 1222 emprendió una verdadera campaña, echando mano de aquel método de predicación por cartas, inventado por él cuando ya no le era posible llevar directamente «las perfumadas palabras del Señor». Suman seis los mensajes escritos de argumento eucarístico, incluyendo en ellos la llamada primera Admonición. En ellos insiste principalmente en el respeto debido al misterio del Cuerpo y Sangre del Señor, en la limpieza externa y en el cuidado de todo cuanto se relaciona con tan santo misterio -iglesias, altares, vasos sagrados, corporales, manteles-, juntamente con la pureza interior con que debe ser recibido y la reverencia con que debe ser llevado en público. Hace mención repetidamente de los nombres santos y las palabras del Señor, que consagran el Cuerpo, esto es, los pergaminos con los textos del canon de la misa, que eran colocados sobre el altar durante la celebración. El documento más notable es su carta a todos los clérigos:

«Pongamos atención, cuantos somos clérigos, al gran pecado y a la ignorancia culpable de algunos acerca del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, y acerca de los santísimos nombres y palabras suyas escritas, que consagran el cuerpo.
»Sabemos que no puede existir el cuerpo si primero no es consagrado por la palabra. Puesto que nada tenemos ni vemos corporalmente en este mundo del mismo Altísimo, sino el cuerpo y la sangre, los nombres y las palabras, en virtud de las cuales hemos sido creados y hemos sido redimidos pasando de la muerte a la vida.
»Todos aquellos que administran tan santos misterios, y de modo especial los que los administran sin discernimiento, han de considerar, por su parte, el mal estado de los cálices, los corporales y los manteles sobre los que son ofrecidos la sangre y el cuerpo de nuestro Señor. Son muchos los que lo dejan abandonado en sitios impropios, lo llevan en forma lamentable, lo reciben indignamente y lo distribuyen inconsideradamente.
»Asimismo sucede a veces que son pisoteados sus nombres y sus palabras escritas…».

Véase también la Carta a toda la Orden:

«Así pues, os ruego a todos vosotros, hermanos, besándoos los pies y con la caridad que puedo, que manifestéis toda reverencia y todo honor, tanto cuanto podáis, al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo… Ruego también en el Señor a todos mis hermanos sacerdotes… que siempre que quieran celebrar la misa, puros y puramente hagan con reverencia el verdadero sacrificio del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, con intención santa y limpia, y no por cosa alguna terrena ni por temor o amor de hombre alguno, como para agradar a los hombres» (CtaO 12 y 14).

Es igualmente importante toda la primera Carta a los Custodios, de la que reproducimos estos fragmentos:

«Os ruego… que supliquéis humildemente a los clérigos que veneren sobre todas las cosas el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo y sus santos nombres y sus palabras escritas que consagran el cuerpo. Los cálices, los corporales, los ornamentos del altar y todo lo que concierne al sacrificio, deben tenerlos preciosos… También los nombres y las palabras escritas del Señor, dondequiera que se encuentren en lugares inmundos, que se recojan y que se coloquen en un lugar decoroso… Y cuando es consagrado por el sacerdote sobre el altar y cuando es llevado a alguna parte, que todas las gentes, de rodillas, rindan alabanzas, gloria y honor al Señor Dios vivo y verdadero. Y que de tal modo anunciéis y prediquéis a todas las gentes su alabanza, que, a toda hora y cuando suenan las campanas, siempre se tributen por el pueblo entero alabanzas y gracias al Dios omnipotente por toda la tierra».

Francisco hubiera querido insertar en la Regla definitiva el encargo a los hermanos de hacerse en todas partes heraldos del respeto a los signos e instrumentos de la presencia sacramental, especialmente ante los clérigos, pero los ministros no juzgaron oportuna semejante prescripción.[6] Entonces el fundador, además de haberlo escrito en las dos cartas a los custodios, quiso al menos dejar constancia explícita en el Testamento:

«Estos santísimos misterios quiero que sean honrados, venerados por encima de todo y colocados en lugares preciosos. Y dondequiera que encuentre los santísimos nombres y sus palabras escritas, en sitios indebidos, los quiero recoger y ruego que sean recogidos y colocados en lugar decoroso» (Test 11-12).

Al hablar de la Eucaristía no emplea Francisco la terminología teológica ya en uso en las escuelas de su tiempo. Sus expresiones son las de la fe del cristiano común. Si bien conoce el término «sacramento del cuerpo de Cristo», «sacramento del altar», prefiere decir misterio, santísimos misterios, según la tradición patrística.

Estos misterios nos son comunicados, en primer lugar, mediante «la recepción del cuerpo y de la sangre de nuestro Señor Jesucristo», que él recomienda insistentemente, como queriendo provocar un resurgir de la participación de los fieles en la mesa eucarística.[7] La comunión, para él, no es un encuentro puramente individual del alma con el Salvador, sino un entrar a la parte en la obra y en los frutos de la Pasión que se conmemora en la celebración del altar. La misma presencia real es vista por él como la perpetuación, en la tierra, de la redención operada en la cruz. Escribe en la carta a la Orden:

«Os suplico a todos vosotros, hermanos, besándoos los pies y con la caridad que puedo, que tributéis toda la reverencia y todo el honor que podáis al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, en el cual han obtenido la paz y la reconciliación con Dios omnipotente todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra (cf. Col 1,20)» (CtaO 12-13).

El Cristo presente bajo el misterio venerando no es el Cristo del recuerdo piadoso, contemplado en la vida terrena, sino el Cristo viviente y vivificante en la plenitud de la gloria, que «llena de sus gracias a todos aquellos que son dignos de ellas, presentes y ausentes» (CtaO 32).

El estado de gracia, necesario para recibir fructuosamente el pan eucarístico, es expresado con un concepto original, hondamente teológico, que sólo puede entenderse teniendo en cuenta la doctrina del santo sobre el «Espíritu del Señor», de que más adelante hablaremos, y su concepto dinámico de la inhabitación del Espíritu Santo en cada cristiano:

«El Espíritu del Señor que mora en sus fieles, es el que recibe el santísimo cuerpo del Señor. Todos los que no participan de ese espíritu y se atreven a recibirlo, comen y beben su propia condenación (1 Cor 11,29)» (Adm 1,12).

El sentido de esa expresión hay que captarlo en el contexto de toda la profunda Admonición, que tiene como fondo bíblico la página de la Anunciación: el Espíritu Santo que recibe en el seno de María la Palabra del Padre y realiza el misterio de la encarnación: Hay, en efecto, un paralelismo también en el anonadamiento del Hijo de Dios en ambos misterios:

«Cada día se humilla lo mismo que cuando, desde el trono real, vino al seno de la Virgen; cada día viene a nosotros en humildes apariencias; cada día desciende del seno del Padre sobre el altar en las manos del sacerdote…» (Adm 1,16-18).

Si en los fieles se requiere ausencia de pecado y humildad para recibir el cuerpo del Señor, ¡cuánto más en los ministros de la Eucaristía! En la Carta a la Orden Francisco dirige una página sublime, llena de fervor y de reverencia humilde, a los «hermanos sacerdotes, que son y serán y deseen ser sacerdotes del Altísimo». En ella vemos el concepto suyo de la misa como «verdadero sacrificio del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo». Suplícales que celebren «con intención santa y limpia, no por interés terreno alguno ni por temor o amor de persona alguna, como si trataran de dar gusto a los hombres…, sino sólo por agradar a Dios».

Alusión clara a los fines utilitarios tan frecuentes en los celebrantes. En efecto, el origen de las llamadas «misas privadas» no fue ciertamente laudable. A favor de los beneficios y de las fundaciones de aniversarios y capellanías se habían multiplicado de tal manera, que los concilios tuvieron que salir al paso al abuso demasiado frecuente de celebrar ocho o diez misas al día.

Francisco, con una expresión fuerte, llama «Judas traidor» al sacerdote que celebra por tales intereses terrenos. Después recomienda vivamente la santidad requerida en los ministros del altar y la humildad y el desapropio con que han de comulgar:

«¡Oh alteza admirable y asombrosa dignación! … ¡El Señor del universo… se humilla hasta el punto de ocultarse, por nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan! Mirad, hermanos, la humildad de Dios…: humillaos también vosotros para ser levantados por él. No retengáis nada de vosotros para vosotros mismos, a fin de que os reciba enteramente aquel que enteramente se entrega a vosotros» (CtaO 27-29).

En los primeros años de la fraternidad, Francisco y los suyos se unían a la comunidad local de los fieles para la misa, ya que no tenían moradas fijas ni iglesias. El grupito que se retiraba a algún eremitorio disponía, ordinariamente, de alguna capilla aneja. Pero ya en 1224, con los asentamientos cada día más numerosos, los hermanos menores obtuvieron «el privilegio de erigir altares y de celebrar los oficios divinos en los lugares propios».[8]

El fundador aceptó sin dificultad este hecho, ya inevitable, pero al punto se percató de un problema que surgía en estas fraternidades locales: el grupo de hermanos podía hallarse dividido precisamente en el momento fuerte de la unión fraterna entorno al altar, si cada hermano sacerdote quería decir su misa individualmente. La concelebración había desaparecido desde hacía tiempo en la Iglesia latina; Francisco optó decididamente por poner a salvo la unidad en la communio, apelando al sentido de caridad de cada sacerdote:

«Amonesto y exhorto en el Señor que, en los lugares en que moran los hermanos, se celebre una sola misa al día, conforme al rito de la santa Iglesia. Pero, si hubiera varios sacerdotes en el lugar, cada uno conténtese con oír la celebración del otro sacerdote. En efecto, el Señor Jesucristo colma a los presentes y a los ausentes que son dignos de él…» (CtaO 30-32).

No hay indicios de que el deseo del fundador fuera llevado a la práctica en la Orden por largo tiempo; más aún, más tarde una de las complicaciones creadas en las comunidades conventuales con numerosos sacerdotes fue la de disponer los turnos de misas, cuando todavía no se había introducido el uso de tener más de un altar en cada iglesia.[9]

La Regla de santa Clara no habla expresamente de la celebración eucarística. Era un elemento de la vida litúrgica cotidiana que no era necesario reglamentar. Pero sabemos con qué veneración y afecto tomaba parte en ella la santa y cómo cultivaba intensamente la piedad eucarística. Hallándose enferma, empleaba el tiempo confeccionando con gran esmero corporales de paño fino, que después, metidos en bellas guardas de cartón revestido de seda o de paño precioso, los hacía distribuir por medio de los hermanos menores por las iglesias pobres del contorno, después de haberlos hecho bendecir por el obispo (Proceso 1,11; 2,12; 6,14; 11,9).

Las hermanas hablan en el proceso de la emoción con que se acercaba a la comunión, derramando copiosas lágrimas y temblando toda ella (Proceso 2,11; 3,7).

Podemos suponer lo que eran, por tanto, para ella y para las hermanas de San Damián aquellos siete días de comunión, verdaderas jornadas de Eucaristía, cuando el capellán, como prescribe la Regla, entraba en clausura y era celebrada la misa en intimidad de familia «para sanas y enfermas» (RCl 3,14-15).

Estamos hechos a ver representada a la santa en el acto de estrechar entre sus manos el ciborio con el sacramento, en recuerdo del milagro operado durante el asalto de los sarracenos. Pero es anacrónico poner en manos de santa Clara el ostensorio o custodia, que aparecería en el culto sólo dos siglos más tarde. La realidad fue mucho más bella, tal como se halla descrita por las mismas hermanas que vivieron aquellas horas de tremenda angustia: los sarracenos habían penetrado ya en el claustro; la comunidad se reunió despavorida en el refectorio; Clara se hizo traer la cajita con el sacramento, oró con todas y sintió interiormente una voz que la aseguraba de la asistencia divina; con ello animó a las hermanas. Después se dieron cuenta de que los temibles huéspedes se habían marchado.[10]

LA IGLESIA JERÁRQUICA:
«YO VEO EN ELLOS AL HIJO DE DIOS»
[11]

Cuando el joven Francisco, profesándose públicamente «penitente», hizo valer frente a su padre la protección del obispo, pretendió algo más que acogerse a un fuero que garantizara su libertad de consagrado. Constituida la primera fraternidad, sería el mismo obispo Guido el primero en comprobar la autenticidad del carisma: «Cuando, al principio de mi conversión, me separé del mundo y de mi padre según la carne, el Señor puso su palabra en boca del obispo de Asís para aconsejarme y confirmarme en el servicio de Cristo» (LP 58).

Más tarde, guiado del mismo instinto de Iglesia, Francisco iría a someter la vida del grupo a la aprobación de la suprema autoridad: «Vamos a nuestra santa Madre la Iglesia Romana y notifiquemos al sumo Pontífice lo que el Señor ha comenzado a obrar por medio de nosotros, a fin de que, con su voluntad y mandato, podamos continuar lo que hemos iniciado» (TC 46).

No era sólo una autorización lo que iba a buscar a los pies del señor Papa; quería sentirse llamado y enviado por él, como los apóstoles por Jesús, para vivir y anunciar el Evangelio.

Estudios recientes han venido a apoyar los datos del relato de los Tres Compañeros, según el cual el papa Inocencio III habría tenido con Francisco y sus compañeros una actitud, no sólo benévola, sino positivamente acogedora. Pontífice de amplia mirada y de sentido histórico, seguía de cerca los movimientos evangélicos que surgían en diversas partes y hubiera querido legitimarlos en beneficio de toda la Iglesia. En el joven fundador de Asís, sencillo y humilde, pero guiado por Dios, que espontáneamente se acogía a la autoridad de la Iglesia de Roma, descubrió al hombre providencial y le otorgó plena confianza. Después del sueño del hombrecillo que sostenía la basílica de Letrán, habría dicho el papa: «¡He ahí el hombre religioso y santo por medio del cual la Iglesia de Dios va a ser levantada de nuevo y sostenida!» (TC 51).

Obtenida la confirmación pontificia, Francisco, a nombre de sus hermanos actuales y futuros, se puso a las órdenes de la Sede apostólica. Y quedó sellada definitivamente aquella adhesión a la Iglesia jerárquica, que para el fundador será garantía de la fidelidad al Evangelio, de la validez de la misión y aun de la cohesión interna de la fraternidad. El comienzo de la Regla no bulada reproduce la formulación de aquella verdadera profesión:

«El señor papa concedió y confirmó (la vida del Evangelio) al hermano Francisco y a sus hermanos presentes y futuros.
»El hermano Francisco promete y, asimismo, quienquiera que fuese cabeza de esta religión prometa obediencia y reverencia al señor papa Inocencio y a sus sucesores. Y todos los demás hermanos estén obligados a obedecer al hermano Francisco y a sus sucesores» (1 R Pról. 2-4).

Así es como nació canónicamente la Orden de los Hermanos Menores. «Francisco, lleno de júbilo, dio gracias con sus compañeros a Dios omnipotente…, y emprendió el camino de vuelta hacia el valle de Espoleto…» (1 Cel 34).

No resultaría siempre fácil esa gozosa sumisión a la santa madre la Iglesia romana. Se presentarán momentos en los cuales deberá el santo echar mano de todos los recursos de su fe, humilde y fuerte, para compaginar la obediencia pronta y confiada con la afirmación inflexible de su ideal, sobre todo cuando caiga en la cuenta de que el partido de los «prudentes», poderoso dentro de la fraternidad, encuentra apoyo en la curia romana; pensemos en sus amarguras durante la crisis que sobrevino a su regreso de Oriente y en la nada fácil redacción de la Regla definitiva en 1223. Estas situaciones dolorosas no serán parte a hacerle vacilar en su posición de vir catholicus et totus apostolicus.[12]

La obligación puesta en la Regla de pedir al Papa un cardenal como «gobernador, protector y corrector de la fraternidad» no tiene otra finalidad que la de mantener a los hermanos indefectiblemente sumisos a la Iglesia de Roma, firmes en la fe y fieles a la vida evangélica (2 R 12,3-4).

Si la obediencia a la Sede apostólica afecta a toda la fraternidad, la dependencia de los obispos toca de cerca la vida y el ministerio diario de los hermanos. No siempre éstos encontraban acogida favorable. Francisco, no obstante, quiere que no se predique en ninguna parte sin el consentimiento del prelado diocesano, y así lo manda en la Regla (2 R 9). Él se conducía con aquella humildad ingenua que vence todos los obstáculos. Llegado en cierta ocasión a Imola, se presentó al obispo pidiéndole la autorización para predicar. «Hermano, me basto yo para predicar a mi pueblo», fue la respuesta. Inclinó el santo la cabeza y fuese. Antes de una hora volvió ante el prelado, quien le increpó: «¿Otra vez?, ¿qué es lo que quieres?» «Señor -contestó humildemente Francisco-, si el padre cierra una puerta a su hijo, éste debe entrar por la otra». Vencido el obispo por tanta humildad, lo abrazó y le dio licencia amplia a él y a todos sus hermanos (2 Cel 147).

No faltaban «prudentes» que hubieran querido prevalerse, contra la oposición o las arbitrariedades de los pastores de almas, de diplomas pontificios de recomendación o exención. El fundador, mientras vivió, se opuso resueltamente a un procedimiento que tan directamente contradecía la misión de quienes, por vocación, habían de ser los menores en la Iglesia.

Hubo, sin embargo, tales cartas de protección obtenidas a espaldas del santo, algunas aun por iniciativa de la Sede apostólica, decidida a apoyar la acción de los nuevos heraldos del Evangelio. Un párrafo del Testamento denuncia amargamente esa desviación:

«Mando por obediencia a todos los hermanos que, dondequiera que estuvieren, no se atrevan a pedir carta alguna en la Curia Romana, ni directamente ni por medio de otras personas, sea en favor de iglesia o de otro lugar, sea bajo pretexto de predicación, sea por persecución de sus cuerpos; sino que, si en alguna parte no fueren recibidos, huyan a otra tierra a hacer penitencia con la bendición de Dios (cf. Mt 10,23)» (Test 25-26).

Como presintiendo los conflictos que sobrevendrían entre las Órdenes mendicantes y los pastores de la Iglesia, repetía a los hermanos: «El Señor nos ha llamado para reanimar la fe, como auxiliares de los prelados y de los clérigos de la santa madre Iglesia. Por eso debemos, en la medida de lo posible, amarlos, honrarlos y venerarlos siempre. Los hermanos se llaman menores porque han de ser, no sólo con el nombre sino con su conducta y ejemplo, los más pequeños de todos los hombres del mundo».[13]

Respondiendo a uno que se lamentaba de la oposición que los hermanos hallaban en algunos obispos respecto a la predicación, dijo: «Vosotros, hermanos menores, no conocéis la voluntad de Dios, y me servís de estorbo para convertir todo el mundo conforme lo quiere el Señor. Mi estilo es convertir primero, mediante la humildad y el respeto, a los prelados. Cuando éstos hayan observado vuestra vida santa y vuestra reverencia hacia ellos, os encargarán que prediquéis y trabajéis por convertir al pueblo, y harán que éste acuda solícito a escucharos más eficazmente que con los privilegios que deseáis, y que no habían de servir sino para llenaros de soberbia…» (LP 20).

Poco después de la muerte del fundador, Gregorio IX otorgaba la exención a los hermanos menores (21 agosto 1231). Esta nueva forma de autonomía canónica, muy diferente de la exención anterior, de sabor feudal, no era tanto un privilegio de los mendicantes cuanto una manifestación y un requisito de la función pastoral del Papa en toda la Iglesia; era, además, efecto de la «sumisión sin intermediario a la silla apostólica», como lo declaró más tarde Alejandro IV.[14]

Iglesia jerárquica son también los sacerdotes. Si el alto clero de la época -cardenales, obispos, abades y otras dignidades- se hallaba secularizado y ligado a la nobleza feudal, en cambio el clero inferior, muy numeroso, era por lo general ignorante y de costumbres poco edificantes, que ponían a prueba la fe del pueblo de Dios; generalmente era despreciado por los movimientos reformadores. Los patarenos, por ejemplo, se confabulaban para no recibir los sacramentos de manos de ningún sacerdote indigno.

Pero la fe de Francisco era suficientemente madura para sobreponerse a esa tentación, y quiso prevenir fuertemente a los suyos contra la misma:

«Bienaventurado el siervo que trata con fe a los clérigos que viven rectamente conforme a las normas de la Iglesia. Y ¡ay de aquellos que los desprecian! Aunque sean pecadores, en efecto, nadie debe juzgarlos, porque el mismo Señor se reserva exclusivamente el derecho a juzgarlos…» (Adm 26).
«El Señor me dio y me da tanta fe en los sacerdotes, que viven conforme a las normas de la santa Iglesia romana, por razón de su ordenación, que, si me persiguieren, quiero acudir a ellos mismos. Y, aunque yo tuviese tanta sabiduría como la tuvo Salomón y encontrase a los sacerdotes pobrecillos de este mundo en las parroquias en que viven, no quiero predicar contra su voluntad. Y a ellos y a todos los demás quiero amar y honrar como a señores míos. Y no quiero fijarme en si son pecadores, porque yo veo en ellos al Hijo de Dios, y son mis señores» (Test 6-9).

EL PUEBLO DE DIOS EN LA FE DE FRANCISCO

Veo en ellos al Hijo de Dios. Esta sola expresión nos dice qué significaba para el santo el misterio de la Iglesia visible: es siempre la misma presencia de Cristo, que percibe emocionado y reverente en el signo de la Iglesia peregrinante.

En el testamento breve que dictó en Siena expresó así su última voluntad: «Permanezcan siempre fieles y sometidos a los prelados y a todos los clérigos de la santa Madre Iglesia».

Pero la Iglesia no queda reducida, en la consideración de Francisco, a los grados de la jerarquía. Es todo el pueblo de Dios, agrupado en torno a Cristo Cabeza. Y el pueblo de Dios está integrado por los santos, que ya poseen el Reino en la mansión del Padre, por los bautizados de la Iglesia terrestre, más aun, por los hombres de todos los tiempos, llamados a la salvación realizada. El capítulo 23 de la Regla no bulada sorprende por su estructura eclesial de una grandiosa visión teológica. Es una oración férvida de alabanza y acción de gracias al Altísimo Dios, «Señor y rey del cielo y de la tierra».

Un primer párrafo resume la historia de la salvación en bellas pinceladas: creación, plan de Dios, caída, encarnación como obra de amor, pasión y muerte redentora, glorificación de Cristo y manifestación final del mismo como cabeza de los elegidos.

Luego, confesando la impotencia de todos los redimidos juntos para tributar al Dios que salva el debido agradecimiento por tanto bien, presenta al Padre a su propio Hijo, en quien Él tiene sus complacencias y por quien todo nos ha venido. Hay un ¡Alleluia! vibrante. Y seguidamente convoca a todos los bienaventurados que han sido y serán, enumerándolos, a formar coro con Cristo en la acción de gracias.

Otro ¡Alleluia! señala el tránsito a la Iglesia peregrinante:

«Y a todos los que quieren servir al Señor Dios dentro de la Iglesia católica y apostólica -y a todos los grados eclesiásticos: sacerdotes, diáconos, subdiáconos, acólitos, exorcistas, lectores, hostiarios y todos los clérigos, a todos los conversos; -a todos los religiosos y a todas las religiosas; -a todos los pequeñuelos; -a los pobres y necesitados; -a los reyes y príncipes; -a los trabajadores, agricultores, siervos y señores; -a todas las doncellas, continentes y casadas; -a todos los infantes, adolescentes, jóvenes y ancianos; -a los sanos y a los enfermos; -a todos, pequeños y grandes; -y a todos los pueblos, gentes, tribus y lenguas; -a todas las naciones y a todos los hombres del mundo entero, actuales, y futuros: suplicamos y rogamos humildemente todos nosotros, los hermanos menores, siervos inútiles, que perseveremos todos en la verdadera fe y penitencia, pues de otra forma nadie puede ser salvo» (1 R 23,7).

Así ve Francisco la Iglesia en su condición terrena. Es una visión concreta e inmediata, fraternal: cada hombre, cada mujer, tal como los halla a diario en los caminos o en la plaza, es un redimido, un signo del Cristo Salvador, es Iglesia. Notemos que en esta mirada de intencionada «minoridad», no sólo mezcla en plano de igualdad a altos y bajos, sino que da a éstos, calculadamente, la preferencia: los niños por delante, con los pobres y necesitados, los siervos antes que los señores, los pequeños antes que los grandes; y al servicio de todo ese pueblo de peregrinos, necesitados de penitencia, los hermanos menores. Ninguna imagen más exacta del Reino a la luz del Evangelio.

El ejemplo más espléndido de ese mensaje penitencial, que él se siente obligado a llevar a todos los componentes del pueblo de Dios, es la Carta a todos los fieles, cuyo encabezamiento habla por sí mismo: «A todos los cristianos, religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres, a todos los que habitan en el mundo entero, el hermano Francisco, servidor y súbdito suyo: mi obsequioso respeto, paz verdadera del cielo y caridad sincera en el Señor». Los mismos sentimientos de fe y de humilde respeto expresa en la conclusión de la Carta: «Yo, el hermano Francisco, vuestro menor servidor, os ruego y suplico en la caridad que es Dios, y con voluntad de besaros los pies, que acojáis con humildad y caridad, como estáis obligados, llevéis a la práctica y cumpláis estas palabras y las demás de nuestro Señor Jesucristo» (2CtaF vv. 1 y 87).

SANTA CLARA Y SU MISIÓN ECLESIAL

La bula de canonización del papa Alejandro IV presenta a santa Clara, en su vida y en su Orden, como una «maravillosa claridad» que alumbra a toda la Iglesia, una lámpara «cuya luz clara se difunde en la casa del Señor», un pomo de aromas cuyo perfume de santidad «llena el edificio entero de la Iglesia»; «árbol erguido, lanzado hacia el cielo, que en sus ramas frondosas ha producido en el campo de la Iglesia suaves frutos de religión…; nuevo venero de agua viva para vigorizar y enriquecer a las almas, que repartiéndose ya en riachuelos por el territorio de la Iglesia, ha comunicado pujanza al vivero de la religión»; «excelso candelero de santidad que resplandece refulgente en el tabernáculo del Señor, a cuya llama vigorosa acuden tantas vírgenes para encender sus lámparas…; en el terreno de la Iglesia cultivó el jardín de la humildad adornado de toda forma de pobreza…».

Era lo que había profetizado Francisco cuando, desde lo alto del muro de la iglesia de San Damián, en cuya reconstrucción trabajaba, gritaba en francés a algunos pobres: «Venid a ayudarme en esta obra del monasterio de San Damián, porque llegará un día en que habrá en él unas damas cuya santa vida difundirá su fama y dará gloria a nuestro Padre celestial en toda su santa Iglesia» (TestCl 13-14).

Clara misma tenía una conciencia viva de esta misión de ser «modelo, ejemplo y espejo» para las hermanas y también para los que viven en el mundo (TestCl 19-23).

El autor de la Leyenda afirma que su glorificación fue decretada por la Sede apostólica para exaltar a aquella que era «creatura e hija de la Iglesia romana a título especial» (LCl 39). Clara, en efecto, se sintió siempre hija de la Iglesia. Profunda y bella es su manera de ver el origen eclesial de la Orden de las hermanas Pobres cuando, en el Testamento, la recomienda al cuidado maternal de la Sede apostólica:

«De rodillas y postrada en cuerpo y alma, encomiendo a todas mis hermanas, presentes y futuras, a la santa madre la Iglesia romana, al sumo pontífice y, de manera especial al señor cardenal que fuere designado para la Orden de los hermanos menores y para nosotras, para que… haga que su pequeña grey, que el Señor y Padre engendró en su Iglesia santa mediante la palabra y el ejemplo del padre san Francisco… observe siempre la santa pobreza…» (TestCl 44-47).

Como Francisco, y con sus mismas palabras, expresa en la Regla su total y confiada obediencia a la sede de Pedro: «Clara, indigna sierva de Cristo y plantita del beatísimo padre Francisco, promete obediencia y reverencia al señor papa Inocencio y a sus sucesores, elegidos canónicamente, y a la Iglesia romana» (RCl 1,3). Y también ella quiere un cardenal protector, como garantía de la fidelidad al compromiso de pobreza absoluta y al Evangelio (RCl 12,12-13).

Tampoco para Clara resultó siempre fácil ni sencilla esa sumisión total a la santa madre Iglesia. Un primer momento duro fue el de tener que aceptar, con la Regla benedictina, la autoridad y el título de abadesa, «casi obligada por san Francisco» (Proceso 1,6). Otro segundo momento se produjo durante el viaje de Francisco a Oriente, cuando le fue asignado un visitador cisterciense: la santa recurrió animosamente al papa y obtuvo que fuera sustituido por Felipe Longo, el hermano de plena confianza suya, al que luego sucedió el hermano Pacífico.[15]

Más delicada fue la resistencia, si se la puede llamar así, frente al papa Gregorio IX, que trató reiteradamente de convencerla de la necesidad de aceptar posesiones y rentas. Leemos en la Leyenda: «El señor papa Gregorio…, que profesaba a la santa profundo afecto paterno, hizo cuanto pudo por convencerla de que se aviniera a aceptar algunas propiedades… Pero ella se opuso con decisión inquebrantable y por ninguna razón se dejó persuadir. Y cuando el pontífice le replicó: «Si es el voto lo que te lo impide, Nos te desligamos de ese voto», ella respondió: «Santo Padre, por nada del mundo quiero jamás ser dispensada del seguimiento de Cristo»» (LCl 14; cf. Proceso 1,13; 2,22; 3,14).

Finalmente venció, y obtuvo del mismo papa la confirmación del Privilegium paupertatis, concedido la primera vez por Inocencio III. Siguió afirmando, con tenacidad y suavidad, la sagrada herencia recibida de san Francisco, hasta que logró dejar a sus hermanas una regla tal como ella la deseaba, plenamente evangélica; y no se contentó con la aprobación del cardenal protector, por más que éste la había concedido «con autoridad del señor papa», sino que quiso tenerla del mismo sumo pontífice Inocencio IV; y murió feliz, después de besar repetidas veces la bula pontificia con el texto de la Regla.[16]

Gregorio IX, ya lo hemos visto, sentía por Clara un afecto que era más bien veneración. Por la Leyenda sabemos que «tenía una confianza extraordinaria en las oraciones de la santa, habiendo experimentado más de una vez su eficacia; con frecuencia, al sobrevenir alguna dificultad, sea en los tiempos en que fue obispo de Ostia, sea después de ser elevado a la suprema potestad apostólica, se dirigía a ella suplicante, por carta, para pedirle la ayuda de su oración» (LCl 27).

De estas cartas se conservan dos, una de cuando era cardenal Hugolino, la otra siendo papa. La primera, escrita probablemente en 1220, a raíz de una visita a San Damián -tal vez con la delicada ocasión arriba indicada- está llena de humildad y de veneración. La segunda, escrita en 1228, vale por un tratado de teología de la vida contemplativa. Después de una consideración sobre el sentido de su vocación, dice a Clara y a las hermanas: «Entre las innumerables amarguras e infinitas angustias, que sin cesar nos afligen, vosotras sois nuestro consuelo. Por eso os rogamos a todas, y os exhortamos en el Señor Jesucristo, y, por este escrito apostólico, os mandamos que, andando y viviendo según el espíritu, … compitáis en desear los mejores carismas… Y ya que sois un solo espíritu con Cristo, os pedimos que en vuestras oraciones os acordéis siempre de Nos y elevéis vuestras manos hacia Dios, suplicándole con insistencia a fin de que … nos robustezca con su virtud y nos conceda cumplir dignamente el ministerio que nos ha confiado, de modo que sea para su gloria, gozo de los ángeles y bien nuestro y de todos los que están confiados a nuestro gobierno».[17]

Así pues, San Damián no era solamente el lugar de oración que ofrecía seguridad a los habitantes de Asís, como lo atestigua el proceso, sino también y sobre todo un compromiso constante de santificación y de intercesión por el sumo pontífice y por toda la Iglesia. Clara era consciente de semejante misión; la hallamos formulada, con una expresión de precisión paulina, en una de sus cartas a Inés de Praga: «Para servirme de las mismas palabras del apóstol (1 Cor 3,9), te considero colaboradora del mismo Dios y sostén de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable» (3CtaCl 8).

Dos textos suyos, uno del Testamento y otro de la Bendición, nos descubren quizá cierta pedagogía eclesial usada con las hermanas para estimularlas a la fidelidad en los compromisos asumidos: toda infidelidad nuestra «es como una injuria a la iglesia triunfante y aun a la Iglesia militante»; de igual modo que la respuesta generosa a Dios atrae sus bendiciones sobre la Iglesia militante y acrecienta la gloria de la Iglesia triunfante (TestCl 74-75; BenCl 8-10).

El antiguo biógrafo describe el júbilo de la santa cuando, en el lecho de muerte, recibió la visita de Inocencio IV: el papa, entrado en el monasterio, se dirige al pequeño camastro y le da a besar la mano; ella quiere besarle también el pie; después le pide la remisión de todos sus pecados. Cuando todos se han ido, levantando los ojos al cielo y con las manos juntas, dice llorando de consuelo: «Alabad al Señor, hijas mías, porque hoy Cristo se ha dignado hacerme un don tan grande, que cielo y tierra no podrían pagarlo: ¡hoy he recibido a él mismo, el Altísimo (en la comunión) y he merecido ver a su Vicario!» (LCl 41-42).

NOTAS:

[1] Pueden verse varios estudios sobre el tema en San Francisco de Asís y la Eucaristía.- Octave d’Angers, La messe publique et privée dans la pieté de saint François, en Études Franciscaines 49 (1937) 475-486; B. Cornet, Le «De reverentia Corporis Domini», exhortation de S. François, en Études Franciscaines 6 (1955) 65-91, 167-180; 7 (1956) 20-35, 155-171; 8 (1957) 33-58; K. Esser, Doctrina de S. Francisco de Asís acerca de la Eucaristía, en Temas espirituales, Aránzazu 1980, 227-279; AA. VV., L’Eucaristia nella spiritualità francescana, en Quaderni di Spiritualità Francescana 3, Asís 1972; O. Lari, Ostia sul mondo: S. Francesco e l’Eucaristia, Siena 1977; R. Falsini, Eucaristia, en DF, 519-548.

[2] G. G. Meersseman, Dossier de l’Ordre de la Pénitence, París 1961, 91-112.

[3] Concilio Lateranense IV, cánones 19 y 20, en Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Bolonia 1962, 218-220.

[4] Bula Sane cum olim, ed. en B. Cornet, l. c., Et Fran 7 (1956) 166s.

[5] En sus cartas cita expresamente las disposiciones pontificias: «Y sabemos que estamos obligados por encima de todo a observar todas estas cosas según los preceptos del Señor y las constituciones de la santa madre Iglesia» (CtaCle 13). «Y si el santísimo cuerpo del Señor estuviera colocado en algún lugar paupérrimamente, que ellos lo pongan y lo cierren en un lugar precioso según el mandato de la Iglesia, que lo lleven con gran veneración y que lo administren a los otros con discernimiento» (1CtaCus 4).

[6] Cf. L. Iriarte, Lo que san Francisco hubiera querido decir en la Regla, en Estudios Franciscanos 77 (1976) 375-391, y el Selecciones de Franciscanismo, vol. VI, núm. 17 (1977) 165-178.

[7] 1 R 20,5: «Y así, contritos y confesados, reciban el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo con gran humildad y veneración…». Véase también Adm 1,11-15; 2CtaF 14-15. 22-25. 33.34. 63; CtaCle 5-8; 1CtaCus 6; CtaA 6.

[8] Cf. K. Essser, La Orden franciscana: Orígenes e ideales, Aránzazu 1976, 171-182.

[9] Algunas reformas del siglo XVI, como la de los capuchinos, intentarán volver a la única misa con la participación de todos los hermanos sacerdotes y no sacerdotes. Cf. L. Iriarte, Communitatis franciscalis evolutio historica, en Laurentianum 7 (1966) 130 y 160.

[10] Proceso 2,20; 3,18; 7,6; 9,2; 10,9; 12,8; 13,9; 14,3.

[11] Pueden verse más estudios sobre este tema en La Iglesia Católica.- K. Esser, La piedad eclesial de san Francisco, en Temas espirituales, Aránzazu 1980, 139-188; K. Esser, Santa Clara, espejo e imagen de la Iglesia, en Temas espirituales, Aránzazu 1980, 209-226; AA. VV., La Chiesa e la spiritualità francescana, en Quaderni Francescani di Spiritualità, Asís 1964; O. Schmucki, Francisco de Asís experimenta la Iglesia en su Fraternidad, en Selecciones de Franciscanismo, vol. 7, núm. 19 (1978) 73-95; E. Iserloch, Charisma und Institution im Leben der Kirche. Dargestellt an Franz von Assisi und der Armutsbewegung seiner Zeit, Wiesbaden 1977; S. López, Espíritu, Palabra, Eucaristía, Iglesia, en Sel Fran, vol. 7, núm 20 (1978) 269-286; M. Macarrone, S. Francesco e la Chiesa di Innocenzo III, en Approccio storico alle fonti francescane, Roma 1979, 31-43; San Francesco e la Chiesa, número extra de la revista Antonianum 57 (1982) 1-794; T. Szabo, Chiesa, en DF, 185-218.

[12] «Francisco, varón católico y del todo apostólico». Apostolicus, esto es, fiel a la Sede «apostólica». La expresión viene de la antífona rítmica de Julián de Espira en el «Oficio de san Francisco»: Franciscus, vir catholicus / et totus apostolicus, / Ecclesiae teneri / fidem Romanae docuit… (Analecta Franciscana X, 375).

[13] LP 58. Es interesante confrontar las otras variantes de esta exhortación puesta en boca del santo:

2 Cel 146: «Hemos sido enviados en ayuda a los clérigos para la salvación de las almas, con el fin de suplir con nosotros lo que se echa de menos en ellos. Cada uno recibirá la recompensa conforme no a su autoridad, sino a su trabajo. Sabed, hermanos -añadía-, que el bien de las almas es muy agradable a Dios y que puede lograrse mejor por la paz que por la discordia con los clérigos. Y si ellos impiden la salvación de los pueblos, corresponde a Dios (Adm 26) dar el castigo, que por cierto les dará a tiempo. Así, pues, estaos sujetos a los prelados, para no suscitar celos en cuanto depende de vosotros. Si sois hijos de la paz (Lc 10,6), ganaréis pueblo y clero para el Señor, lo cual le será más grato que ganar a sólo el pueblo con escándalo del clero. Encubrid -concluyó- sus caídas, suplid sus muchas deficiencias; y, cuando hiciereis estas cosas, sed más humildes».

EP 54: «Hemos sido enviados en ayuda de los clérigos para la salvación de las almas; para que en aquello a que no lleguen, los suplamos nosotros. Cada uno recibirá su recompensa no según la autoridad que ostenta, sino a medida de la labor que realiza. Tened presente, hermanos, que es muy grato a Dios ganar las almas; pero esto lo conseguiremos mucho mejor fomentando la paz que no sembrando discordias con los clérigos. Y, si ellos fueran obstáculo a la salvación de los pueblos, a Dios pertenece la venganza, y a su tiempo les dará su merecido. Así que estad sumisos a los prelados y evitad, en cuanto de vosotros dependa, un celo desordenado. Si sois hijos de la paz, ganaréis al clero y al pueblo, y esto es más agradable a Dios que ganar al pueblo sólo con escándalo del clero. Tapad sus caídas y suplid sus múltiples deficiencias; cuando hagáis así, sed más humildes».

[14] Cf. L. Iriarte, Historia Franciscana, Valencia 1979, 73: «La acción de los menores se veía entorpecida por la oposición que hallaba en los clérigos y en los obispos, quienes pretendían ejercer sobre ellos las atribuciones jurisdiccionales que les otorgaba el derecho vigente. Sabemos cuál era el sentir de san Francisco en este particular; pero Gregorio IX pensaba de muy distinta manera. Con la bula Nimis iniqua, de 21 de agosto de 1231, después de recriminar con vehemencia la conducta de algunos prelados con los hermanos menores, declaró a éstos exentos casi completamente de la jurisdicción episcopal; en adelante sólo dependerían de los obispos en cuanto a la fundación de los conventos y a la predicación, pero gozarían de plena autonomía en la vida interna de las comunidades, en el culto y en la administración de sacramentos y en la utilización de los donativos de los fieles».

[15] Cf. Jordán de Giano, Crónica, 13-14.

[16] Cf. I. Omaechevarría, Escritos de Santa Clara y documentos complementarios. Madrid, BAC, 19994, pp. 232-234 y 264-270.

[17] Cf. I. Omaechevarría, Escritos de Santa Clara y documentos complementarios. Madrid, BAC, 19994, pp. 357-362.